Manuel Adorni, de un pasado humilde a protagonista político, enfrenta críticas mientras su historia refleja las oportunidades y desafíos de la política argentina.

Con un poquito de buena voluntad podría elaborarse una línea de defensa a favor del agobiado jefe de Gabinete, Manuel Adorni, quien en estos momentos está acosado por los mastines famélicos de la oposición que olieron sangre y quieren hacer del pobre "Manu" lo mismo que hicieron con el venerable José Luis Espert.
En tiempos en que los recursos retóricos abundan, y todo argumento se somete a la mano invisible del mercado de la opinión pública, podría ponderarse el esfuerzo de un muchacho que al momento de cumplir los cuarenta años era un anónimo absoluto.
Un muchacho que "gambeteaba la pobreza en las casas de pensión", disimulaba su carencia de recursos trasladándose en bicicletas prestigiadas en la ciudad por las ciclovías extendidas por Mauricio Macri.
Y que la única chance que la vida le había ofrecido para ganarse un lugarcito en el sol de la gloria fue una solicitud de ingreso a Gran Hermano, frustrada por la mala suerte y la desdicha que suele acompañar a los perdedores.
O sea que a los cuarenta años, una edad en la que vale la premisa "ahora o nunca", el futuro a "Manu" Adorni le asignaba un departamentito de dos ambientes en un barrio de clase media baja y alguna participación de "chico de los mandados" en algún programa de televisión o de radio.
Sin embargo, la Argentina, tierra de prodigios y oportunidades, transforma al muchachito que en la timba de la vida no daba pie con bola, en el protagonista político de primera línea de un gobierno libertario presidido por los célebres hermanitos. País generoso.
Las peripecias de Adorni no son muy diferentes a las de varios protagonistas del actual gobierno que de la noche a la mañana pasaron de la condición de canillitas a campeones.
Sociólogos, politólogos, incluso psicoanalistas, se esfuerzan en explicar con términos académicos estos sorprendentes designios del azar, pero convengamos que los portadores de estas recompensas de la vida algunos méritos deben de haber exhibido, porque si bien los dioses son arbitrarios para repartir dones y fortunas, se sabe que en ceremonias secretas algunas evaluaciones hacen.
Adorni, por ejemplo, ciertas habilidades desarrolló para estar capacitado a la hora señalada para cumplir con el destino que en su intimidad se había autodesignado. Estudió economía, se recibió de contador, domesticó y garabateó una licenciatura, pero hasta el momento de su cita con la fama el único reconocimiento oficial obtenido fue la de twittero.
Una virtud hay que reconocerle: el hombre siempre se tuvo confianza. Confianza en su estrella y en el ejercicio de sus habilidades. Algunos estudiosos a esa fe en sus propias fuerzas, a esa apuesta a su sabiduría y astucia individual, la denominan "cultura liberal".
No sé si Adam Smith, Montesquieu o Voltaire pensarían lo mismo, pero me consta que hay liberales que en su momento ponderaron la carrera de empresario de Al Capone como un paradigma de pujanza liberal. Que nadie se alarme. No vamos a comparar al bueno de Adorni con Scarface.
Yo por lo menos no lo voy a hacer, aunque sé de filiaciones libertarias que celebran el individualismo en sus versiones más salvajes y colocan como termómetros del éxito y de la gloria la riqueza.
"Abogada exitosa", dijo con el mismo talante la compañera Cristina, porque pareciera que esa pulsión de enriquecerse a cualquier precio, y si ese precio lo paga el Estado mucho mejor, no es patrimonio exclusivo del bizarro liberalismo de la actual gestión, a la que en dos años de gobierno le saltan escándalos de corrupción como a un prestidigitador le saltan conejos de la galera.
Insisto que en el caso particular de Manuel Adorni algunas virtudes hay que reconocerle.
En tiempos en que los célebres y nunca bien ponderados políticos de la casta cada vez que viajan se las ingenian para dejar a sus esposa cuidando al nene o a los nietos y ellos peregrinan con la testosterona alta hacia las diferentes latitudes del mundo abiertos a cualquier esperanza amorosa con el gato de turno, Adorni jugó su honor, su carrera política y su buen nombre para viajar con su señora esposa.
Porque solo a un marido excelente, de esos que solo salen en las telenovelas "rosas", se le ocurre que después de "deslomarse" trabajando en Miami o en Nueva York, no hay mejor recompensa que llegar a la casa, o al hotel -una modesta suite de 3.500 dólares diarios- para acogerse al calor de la familia. Es más. Adorni merecería un reconocimiento con sabor a incienso de monseñor Jorge García Cuerva.
Y no exagero. En tiempos en que la familia parece disolverse asediada por un hedonismo sin Dios y sin patria, Adorni viaja a Punta del Este no para descargar su lujuria en las fiestas y bacanales de la farándula, sino para compartir unos días de paz y recogimiento con su amada esposa y sus niños. Es decir, la familia. Nada de promiscuidades amorosas, de libertinajes sexuales, de disolución moral.
La dimensión de estos valores, el compromiso moral asumido en un medio donde todo parece inclinarse hacia la promiscuidad de las costumbres, no debe, no puede, no merece reducirse o compararse a un trámite burocrático de facturas emitidas por un hotel o una compañía de avión. Que el árbol no nos impida ver el sombreado y acogedor bosque donde reposan nuestras más excelsas tradiciones morales.
Solo un acto de mala fe puede reducir la experiencia existencial y política de Adorni a una exclusiva vertiente política. Solo esa jauría impiadosa de escribas ensobrados, podrían arribar a conclusiones tan temerarias. Basta de agachadas verbales. Manuel Adorni es el funcionario de una gestión libertaria, pero lo suyo va mucho más allá de una administración o un ministerio.
Sus galones políticos y culturales pertenecen a una genuina cultura nacional e incluso popular. Adorni viene de lejos. Tal vez a su abuelo haya que rastrearlo por los pagos del Viejo Vizcacha, o tal vez sea posible reconocerlo en las caricaturas de Caras y Caretas, en los relatos de Roberto Payró acerca del nieto de Juan Moreyra y el Laucha.
O en los personajes trepidantes de Carlos de la Púa ("El Malevo Muñoz"), en algunas letras de tango de Enrique Santos Discépolo, en las aguafuertes de Roberto Arlt, en la picaresca de "La Crencha Engrasada", en los personajes creados en ese Buenos Aires en camiseta que conocemos de las revistas Patoruzú y Rico Tipo: Avivato, Jovito Barrera, el Gordo Villanueva. Incluso en el mismísimo Isidorito Cañones.
"Manu" no es una improvisación, un borrador ocasional, viene de lejos y es tan reconocible como real. Responde a una tradición criolla de la que nuestro funcionario libertario se exhibe como un genuino exponente. Genuino pero no exclusivo. Para nuestra felicidad o desdicha, Adorni no está solo. El outsider se nutre de tradiciones inmediatas que palpitan, que viven.
Hablo de una señora exitosa, que con su marido y sus colaboradores montaron una cleptocracia y una consecuente fortuna que despierta la envidia del jeque árabe más ampuloso.
Algún ensayista audaz podría muy bien vincularlo con aquel otro muchacho que se inició en la Ucedé, contrajo nupcias con una señora exponente de una familia de genuino linaje peronista del Conurbano, se dedica a ser candidato a presidente y ninguna derrota, ningún escándalo y ningún fracaso le borra la sonrisa.
Profundizando, husmeando en la historia, a Adorni podríamos honrarlo como heredero de María Julia Alzogaray y Adelina Dalesio de Viola, exponentes de ese singular y trepidante liberalismo criollo cuyos exponentes se enriquecen abrevando en las generosas e inagotables fuentes del Estado.
Pero si lo que aspiramos es a la precisión histórica, debemos reconocer que lo suyo se nutre en los lagos del más rancio y prestigiado menemismo.
Es en ese pasado no tan lejano, en esa tradición que hoy está presente en la actual gestión al punto que en la actualidad hay más apellidos Menem en el poder que en tiempos de Carlos Saúl, donde deberíamos hallar las fuentes inspiradoras de este muchacho que solo la retórica resentida de Arturo Jauretche podría calificar de medio pelo.




