El otro día regresaba a casa caminando. El cielo comenzaba a apagarse con esa lentitud ceremoniosa que solo tienen los días largos de otoño. El aire, espeso y dorado, parecía sostener los pensamientos con una densidad particular, como si todo -el cuerpo, las ideas, la sombra propia- caminara con una pausa más profunda. Las hojas caídas crujían como una música vieja bajo mis pasos, y por primera vez en semanas no tenía apuro.


































