Llegué a Copacabana con el cuerpo aún tibio del fuego compartido y el alma en estado de nube. La noche ya había caído sobre el lago Titicaca, esa inmensidad de agua y misterio que no refleja el cielo: lo sueña. Entré en el pueblo con la humildad de quien no busca nada, pero está listo para recibirlo todo.

































