Llegué a Copacabana con el cuerpo aún tibio del fuego compartido y el alma en estado de nube. La noche ya había caído sobre el lago Titicaca, esa inmensidad de agua y misterio que no refleja el cielo: lo sueña. Entré en el pueblo con la humildad de quien no busca nada, pero está listo para recibirlo todo.
Un murmullo de tambores y risas me condujo, casi sin querer, hasta una fiesta. La música era intensa, pero no desbordada. La gente bailaba. Comía. Brindaba. Entré. Fui recibido con sonrisas y vasos pequeños que ardían como ofrendas líquidas. Y fue entonces cuando lo entendí: no era una fiesta de cumpleaños ni de bodas.
Era un velorio. Me quedé inmóvil. Miré alrededor, incrédulo. Pero no había pena en los ojos, ni luto en la ropa. Había celebración. Festejaban la partida. La muerte -para ellos- no era una pérdida, sino un paso. Un cruce de umbral. No lloraban al cuerpo. Honraban al alma. Y entendí, o al menos lo intuí, que hay despedidas que no se visten de negro porque están llenas de luz.
No sé cómo, pero amanecí en una iglesia blanca, colonial, de nombre olvidado pero presencia imborrable. El suelo era frío y la madera crujía como si rezara. Había un santuario repleto de velas. Miles. Un océano de llamas pequeñas que titilaban como plegarias vivas. Me acerqué, arrodillado por respeto más que por fe. Y sentí que no era yo quien pedía algo, sino que era yo el pedido de alguien.
Afuera, el lago me llamaba. El Titicaca: espejo sagrado, madre líquida, guardiana de los nacimientos. Tomé un bote -no sé si con guía o solo- y me dejé llevar hacia la Isla del Sol. Dicen que allí, entre piedras de origen incierto y caminos de silencio, nació el primer Inca. No un hombre, sino un linaje. No un rey, sino un símbolo. Una promesa solar encarnada.
La isla me recibió con ese silencio que sólo tienen los lugares sagrados: no es vacío, es plenitud sin ruido. Dormí allí, sobre el suelo tibio de la tierra más antigua. Y sucedió la magia. No sabría explicar si soñé, si fui visitado, si desperté de otro sueño mayor. Pero algo se quebró -o se abrió- dentro de mí. Una voz, sin boca ni idioma, me habló desde adentro.
No decía palabras, pero me mostraba imágenes:
Un niño bailando en el polvo.
Una mujer cantando al fuego.
Un cóndor cayendo para elevarse.
Y un corazón latiendo sin cuerpo.
Y entonces comprendí, como quien recuerda algo muy antiguo, que el alma no se eleva: regresa. Regresa a donde nació la primera chispa. Regresa al fuego. A la danza. Al viento. A la ronda.