¡Que no suene extraño! ¡No me mires de reojo, lector amigo! Cada vez que visito el cementerio municipal -¡Lo juro!- un alma me habla desde El Más Allá. Me espera a escasos metros de la puerta principal. Diez pasos al sur de la intersección de las calles Ntra. Sra. de Lourdes y Ntra. Sra. de Guadalupe. Ahí, en la puerta de un mausoleo, me topo con el espíritu parlanchín y risueño del poeta y artista plástico, Victorino De Carolis. Con una mueca pícara y recostado en una pared, me señala el epitafio que escribió para su morada postrera. Se trata de un soneto que, para mí, es una obra maestra de la literatura santafesina. El "Epitafio para mi tumba" dice así: "Vosotros, que viajeros de la vida/ os acercáis a mí, yacente, muerto,/ me imagináis hundido en este puerto,/ barco de soledad sin más partida.// Sé que mi carne en polvo convertida/ os engaña. Sabed, estoy despierto,/ y en el mármol que véis con juicio incierto/ se apoya un alma bellamente erguida.// No me verá la vista oscurecida./ Sólo la voz desde mi mundo cierto/ se cierne, luz, sobre la tierra herida.// Buscadme en la poesía, no en el yerto/ cuerpo -sombra en la sombra sumergida-./ ¿Cómo, si me escucháis, podré estar muerto?". De Carolis habitó El Más Acá entre 1914 y 1974. Se fue de este lado de la vida cuando yo recién abría los ojos; sin embargo, se encargó de dejarme (de dejarnos) un mensaje inscripto en el mármol que regala poesía, sabiduría y humor; una cápsula del tiempo que habla de una Santa Fe pujante, soñadora, culta y -lamentablemente- lejana.





































