La otra imputación es la de su inveterada corrupción. Sobre el tema, más que sospechas hay acusaciones probadas. Arafat al morir dejó una fortuna calculada en miles de millones de dólares. Como se dice en estos casos, esa suma de dinero ponderada por la revista Forbes, no la hizo trabajando. Su estilo de vida, el estilo de vida de sus principales colaboradores, daba cuenta de una disponibilidad de recursos en abierta contradicción con la propaganda que presentaba a la causa palestina como pobre y humilde. Pobres y humildes en todo caso eran los palestinos, condenados a vivir en los campamentos, pero lo mismo no podía decirse de Arafat y de sus principales colaboradores, quienes siempre ostentaron con desfachatez y cinismo las riquezas obtenidas gracias a las donaciones de Europa, las rentas del petróleo o los operativos terroristas practicados en el mundo. Las recientes declaraciones de su esposa no hacen más que consolidar todas las sospechas alrededor de su figura. Habría que agregar, por último, las propias imputaciones de la facción disidente, Hamas, para quienes los miembros de la OLP no son más que una banda de oportunistas y corruptos, acusación que pudo haber tenido cierta autoridad moral hace diez años, pero que en la actualidad se relativiza en toda la línea debido a las fortunas acumuladas por Khaled Mashal e Isamil Haniyeh, los principales líderes de Hamas.