La solución parece estar en la decisión política de terminar con la cuestión. Eso implicaría, primeramente, disipar a los grupos violentos que acechan, usurpan, roban y amenazan en la zona. Una vez que se quita del medio a los oportunistas, promover el consenso entre partes para proteger la propiedad privada y estatal, por un lado, y reconocer a las verdaderas comunidades originarias que habitan nuestro país con la debida reparación, buscando terrenos alternos (o asignando los reclamados, si corresponde) en proporciones lógicas a la realidad de cada una de ellas, sería el moño. Es que en todas las partes se planteó la necesidad de diálogo, pero en ninguna encontré la voluntad o motivación necesaria para concretarlo. La desazón, por un lado y la intencionalidad, por el otro quitan, esperanzas.