Además, Nito cuenta que de chico pasaba noches largas al lado de un fuego encendido por él mismo, en valles desolados de la helada cordillera chilena, cuidando a los animales de su familia. Su abrigo eran ropas de lana que su madre confeccionaba para protegerlo de los fríos montañosos, un arma colgada en su espalda y largos días y noches sin dormir para no ser devorado por los amenazantes pumas de la región. Historia que, testimoniada en primera persona por este joven de valores buenos y una fuerza inquebrantable, genera escalofríos, pensando que sufrió esas peripecias con sólo ocho años, haciéndose cargo además de alimentar, acunar, vestir y acompañar a todos sus hermanos menores, mientras sus padres trabajaban en el campo hasta la noche.