"Josefina y Augusto habitaban un santuario de permisividad donde cada estallido de ira de Esteban o cada desplante de Eugenia era recibido como una manifestación sagrada de su esencia. Para ellos, la crianza respetuosa no era un puente hacia la madurez, sino un espejo deformante donde la falta de límites se disfrazaba de libertad y la mala educación se rebautizaba como asertividad temprana.





































