Suicidio y salud mental: por qué la inmediatez, las redes sociales y el silencio emocional profundizan el riesgo
Una profesional advirtió sobre el impacto de la cultura digital en adolescentes y adultos, la baja tolerancia a la frustración y la urgencia de fortalecer la prevención, el rol de las familias y la presencia del Estado para evitar desenlaces evitables.
Suicidio y salud mental: por qué la inmediatez, las redes sociales y el silencio emocional profundizan el riesgo
El suicidio es hoy uno de los problemas más complejos y urgentes de la salud pública, especialmente entre adolescentes y adultos jóvenes. En Santa Fe, las estadísticas recientes vuelven a encender una señal de alarma y obligan a mirar más allá de los números.
¿Qué está pasando con la salud mental en una sociedad atravesada por la inmediatez, las redes sociales y la dificultad para expresar lo que duele?
La psiquiatra María Verónica Prendes (MP 4229), entrevistada por Vivi Mejor, propusó una lectura profunda y necesaria sobre los factores que están debilitando la estructura emocional de las personas y aumentando el riesgo de conductas autolesivas y suicidas.
Más allá de los diagnósticos clínicos, Prendes pusó el foco en un entramado cotidiano: la comparación constante, la intolerancia al fracaso, el empobrecimiento del lenguaje emocional y la falta de presencia real de los adultos. “Poner en palabras salva la cuestión”, insistió, al remarcar que el silencio y la desconexión son terreno fértil para el sufrimiento psíquico.
Bullying digital incrementa el daño psicológico y deja al adolescente sin espacios de respiro.
Redes sociales, vidas irreales y frustración permanente
Uno de los ejes centrales del análisis de Prendes es el impacto de las redes sociales en la construcción de la autoestima, especialmente durante la adolescencia, una etapa clave en la formación de la personalidad. La exposición constante a imágenes de “vidas perfectas”, cuerpos ideales y éxitos inmediatos genera una distorsión profunda de la realidad.
Según explicó, muchos adolescentes —incluso aquellos que objetivamente cumplen con los estándares de belleza que circulan en redes— no logran verse como suficientes.
La comparación permanente instala una sensación de carencia que, sostenida en el tiempo, puede derivar en estados depresivos. Tener salud, belleza o recursos no garantiza una mente sana si no existe un “buen pensamiento”, una estructura psíquica capaz de procesar frustraciones.
El impacto de las redes sociales en la construcción de la autoestima
A esto se suma la cultura de la inmediatez. Todo debe resolverse ya: el éxito, el reconocimiento, el bienestar. En ese contexto, se erosiona una de las herramientas más importantes para la vida adulta: la tolerancia a la frustración.
Prendes advirtió que muchos jóvenes pierden interés por el estudio o los procesos a largo plazo porque buscan resultados rápidos, influenciados por modelos de éxito digital que no muestran el esfuerzo real que hay detrás.
Cuando no se aprende a tolerar el “no”, el error o el tiempo de espera, cualquier obstáculo —una materia desaprobada, un rechazo afectivo, un conflicto interpersonal— puede vivirse como una catástrofe emocional.
Autolesiones, bullying digital y analfabetismo emocional
La psiquiatra también alertó sobre el crecimiento de las autolesiones como forma de canalizar un dolor que no encuentra palabras. En muchos casos, cortarse aparece como una manera física de “hacer salir” una tristeza que no puede ser expresada de otro modo. No se trata de una búsqueda de atención superficial, sino de una señal clara de sufrimiento emocional.
Este fenómeno está estrechamente ligado a lo que Prendes definió como “analfabetismo emocional”. El reemplazo de la palabra por emojis empobrece la comunicación.
Un emoji es un dibujo creado por otro; no alcanza para transmitir la complejidad de una emoción. Las respuestas automáticas —“da paja”, “todo bien”— funcionan como muros que evitan el contacto real con lo que pasa por dentro.
En paralelo, el bullying dejó de tener horarios. Antes, el hogar podía ser un refugio; hoy, el acoso continúa a través de mensajes y redes sociales, sin descanso. Esta exposición constante incrementa el daño psicológico y deja al adolescente sin espacios de respiro.
La presencia parental y el valor del “no a tiempo”
Prendes subrayó que la prevención empieza en casa. Pero estar no es solo compartir un espacio físico. Muchos adultos, atravesados por la misma “borrachina tecnológica” que critican, pasan horas frente a sus pantallas sin levantar la mirada. Esa ausencia de contacto visual impide detectar señales tempranas: aislamiento, cambios de humor, encierro prolongado, gestos de tristeza.
La psiquiatra habló de mantener una “banderita amarilla”: una presencia atenta, sin invadir, pero disponible. Escuchar, observar y, sobre todo, hablar. La comunicación verbal es una herramienta de cuidado.
También reivindicó el valor del límite. Sostener un “no a tiempo” no es castigo, sino formación. La adolescencia es el momento en que se “formatea” la personalidad. Si un joven crece sin límites, llegará a la adultez sin recursos para enfrentar frustraciones inevitables. La tolerancia a la frustración, insiste, es la mejor herramienta para la vida.
Otro punto clave es la necesidad de desarmar el estigma que aún pesa sobre la salud mental. Buscar ayuda profesional no es sinónimo de locura, sino una forma de prevención. Prendes explicó que no todo se resuelve con voluntad: existen factores neurobiológicos, hereditarios y contextuales que requieren evaluación médica.
En este sentido, reclamó una intervención estatal más fuerte: capacitación, concientización y recursos suficientes. La demanda en salud mental crece, pero los profesionales no alcanzan, y muchas consultas llegan tarde, cuando el sufrimiento ya se volvió extremo.
Hablar de suicidio desde la prevención implica animarse a nombrar lo que incomoda, validar el esfuerzo cotidiano y recuperar el equilibrio personal en un mundo que empuja a la comparación constante. Como señaló Prendes, la clave está en educar el pensamiento, fortalecer la palabra y recordar que nadie debería atravesar el dolor en soledad.