Si hubo alguien que fue representativo de aquél Colón de fines de los '80, transitando con dificultades y ansiedades el postergado camino del retorno a Primera, fue Sergio Ariel Verdirame. Su aparición en la primera fue consagratoria desde el momento en que pisó la cancha de Colón por primera vez. Y su venta posterior hizo que no sólo ingrese dinero sino que él también deje su aporte a la institución, al punto que la cancha auxiliar, en tiempos de vacas flacas y de ausencia absoluta de la enorme infraestructura que hoy es motivo de orgullo en la institución, llevó su nombre. Un tipo querido por todos, desequilibrante, que rápidamente se ganó la idolatría de la gente y que la vida -o el fútbol- lo llevaron a México, país en el que decidió quedarse a vivir y allí está con sus emprendimientos, su franquicia de venta de empanadas con una gran cantidad de sucursales y también de pizzas, con la compañía inseparable de su familia, sobre todo de Gustavo, su hermano, también radicado en aquél país.




































