En los mapas, el Paraje La Boca se ve anexado a Alto Verde y parece algo que no es: un “patio trasero” de la ciudad. Y no lo es porque allí late una historia viva, una idiosincrasia ligada a las islas. Hace más de un siglo que se asentaron sus primeros pobladores, y aún pervive el registro emotivo del lechero a caballo, de los pescadores con las carnada y la tarea recoger los pescados y cortarles las chuzas, de los perros echados a la sombra. En el paraje habitan familias que la luchan a diario, que tienen un fuerte sentido de arraigo al territorio y a esa memoria islera.



































