El 12 de febrero las efemérides artísticas recuerdan el nacimiento de Max Beckmann, en 1884. Considerado como uno de los grandes pintores alemanes del siglo XX, al menos de la primera mitad de esa compleja centuria.
Nacido en 1884, el artista alemán transformó guerras, crisis y exilio en imágenes chocantes. Enfermero en el frente en 1914, fue luego señalado por el régimen nazi y obligado a emigrar. Para muchos, su obra anticipa la Nueva objetividad.

El 12 de febrero las efemérides artísticas recuerdan el nacimiento de Max Beckmann, en 1884. Considerado como uno de los grandes pintores alemanes del siglo XX, al menos de la primera mitad de esa compleja centuria.
Pero hablar de Beckmann implica también internarse en el lado oscuro de Europa, en el trauma de la Primera Guerra Mundial, en la frágil República de Weimar y en el avance brutal del nazismo, que terminó expulsándolo de su país.
No fue el único. Otros artistas plásticos como Paul Klee, Wassily Kandinsky, Oskar Kokoschka, George Grosz y Otto Dix fueron corridos de esa Alemania caótica en la cual un líder mesiánico como Adolf Hitler alcanzó un poder total.
La pintura de Beckmann, dramática, cruda, teatral, no puede separarse de ese contexto. Es que en ella están presentes la violencia del frente, la humillación nacional alemana, la descomposición social y la persecución política.
Formado entre 1900 y 1903 en Weimar, Beckmann absorbió una tradición que aún creía en la pintura al aire libre y en una cierta armonía visual. En París descubrió a Cézanne y a Van Gogh. En Berlín, donde vivió desde 1904 hasta el estallido de la guerra, asentó su carrera.
En 1914, como muchos artistas e intelectuales alemanes, se alistó voluntariamente en la Primera Guerra Mundial. En aquel momento predominaba el fervor nacionalista y la convicción de que el conflicto sería breve y regenerador.
Esto se ve con claridad en el prólogo de la última versión cinematográfica de la novela "Sin novedad en el frente". Antes de las terribles experiencias de las batallas, los jóvenes están presos de un triunfalismo ingenuo y demoledor.
En efecto, el frente occidental se volvió horroroso: trincheras, gas, mutilaciones, cadáveres acumulados. Beckmann trabajó como enfermero y vivió de cerca la devastación física y psicológica de los soldados. En 1915 sufrió una crisis nerviosa que lo obligó a abandonar el servicio.
La Alemania que emergió tras la derrota de 1918 era un país humillado, asfixiado y atravesado por la violencia. La joven República de Weimar fue un territorio inestable. En ese clima, Beckmann creó figuras deformadas y escenas urbanas cargadas de tensión reflejan una sociedad herida.
Según Miguel Calvo Santos, "se adelanta a la Nueva objetividad, movimiento que lo venerará como un precursor. Después de todo, su arte es crudo, provocativo y muy satírico. Un arte salvajemente áspero, del gusto neo-objetivo. Sus figuras son verdaderas caricaturas, que probablemente cuentan más que la realidad".
En los años veinte, instalado en Frankfurt y luego dedicado a la docencia, Beckmann alcanzó un reconocimiento considerable. En 1925 expuso en el Kunstverein de Frankfurt, en la galería de Paul Cassirer en Berlín y fue incluido en la muestra de la Neue Sachlichkeit en Mannheim.
Pero su relación con los movimientos fue ambigua. Paloma Alarcó señala que "el arte de Max Beckmann fue un caso aislado dentro del arte alemán de su época. No formó parte de ninguno de los sucesivos movimientos expresionistas y, aunque tuvo una cierta vinculación con la nueva objetividad, nunca le convencieron sus rígidas y frías fórmulas".
"Beckmann prefería representar el mundo como una tragedia para el hombre y su lenguaje llegó a tener un tono muy amargo", agrega Alarcó. Mientras Alemania estaba sumida en la inflación descontrolada y los enfrentamientos callejeros, Beckmann pintaba obras donde lo cotidiano se mezclaba con lo mítico.
Según la Fundación Juan March, "fue un solitario entre los pintores de su tiempo. Indiferente a los movimientos de las vanguardias artísticas de la primera mitad del siglo XX, abordó todos los temas clásicos, del retrato y el bodegón hasta el paisaje y los asuntos mitológicos".
"En su obra se dan la mano lo cotidiano y lo mítico, la apariencia y el ser. Una óptica invertida, exageraciones grotescas y una predilección por los detalles al modo de la pintura naïf marcan su estilo, al igual que la deformación de las figuras, el gusto por el personaje del payaso o el uso del color negro", añade.
La crisis económica de 1929 golpeó con fuerza a Alemania. El desempleo masivo y el descrédito de la democracia parlamentaria facilitaron el ascenso del Partido Nazi. En 1933, Adolf Hitler llegó al poder. Para artistas como Beckmann, el cambio fue inmediato y brutal.
El régimen impulsó una política cultural basada en el realismo heroico y la exaltación racial. El arte moderno fue considerado decadente, corrupto y contrario al "espíritu alemán".
En 1937, el gobierno organizó en Múnich la exposición Entartete Kunst (Arte degenerado), donde se exhibieron obras confiscadas de museos públicos para ridiculizarlas ante la población. Varias piezas de Beckmann fueron incluidas.
El 19 de julio de 1937, al día siguiente de la inauguración de la muestra, el pintor decidió abandonar Alemania. Se instaló primero en París y luego en Ámsterdam, donde vivió refugiado durante la Segunda Guerra Mundial.
Allí realizó, entre otras, las litografías del Apocalipsis, una serie que dialoga directamente con la devastación europea y con el colapso moral del continente.
Hillary Reder describe el universo que Beckmann construyó en esos años. "Max Beckmann imaginó un mundo de actores, cantantes de cabaret, héroes y matones, cuyos dramas se desarrollan en las calles de la ciudad, en mascaradas y carnavales, y en habitaciones a la luz de las velas".
En 1947 se trasladó a Estados Unidos. Enseñó en San Luis y en Nueva York, ciudad en la que murió en 1950 sin haber regresado a su país natal.
Paradójicamente, mientras en Europa era perseguido, en Norteamérica comenzaba a ser reconocido como uno de los grandes pintores del siglo XX. El Guggenheim Bilbao recuerda que su notoriedad global se consolidó recién a partir de 1980, gracias a importantes retrospectivas.
En 1938, en Londres, Beckmann afirmó: "Considero absurda e insignificante una visión del mundo pintada cerebralmente, sin el furor que dan los sentidos hacia cada forma de la belleza y de la fealdad de lo visible". Esa defensa de la experiencia sensorial frente a la abstracción ideológica explica su vigencia.




