"La palabra es como una llave, puede abrir puede cerrar, habrá que darle una vuelta que sirva para entrar".
A punto de cumplir 90 años, la autora nacida en Reconquista está a la altura de María Elena Walsh dentro de la literatura argentina para las infancias. Una charla publicada por este diario hace más de cinco décadas recupera sus ideas sobre los libros para chicos, la creación y el valor artístico de la palabra.

"La palabra es como una llave, puede abrir puede cerrar, habrá que darle una vuelta que sirva para entrar".
Hoy el nombre de la escritora Laura Devetach resuena de inmediato entre los que conocen la literatura destinada al público infantil. Esta "palabrera de oficio", como la describió una editorial, merece sobradamente el lugar en el cual se la ubica, a la altura de María Elena Walsh y Elsa Bornemann.
Desde que dio sus primeros pasos dentro de este universo, Devetach intentó quebrar la idea de que los libros para los chicos están limitados a ser "instrumentos educativos". Para ella, la literatura sirve para que el lector dialogue con el texto y "salga distinto después".
Ahora está a punto de cumplir 90 años (nació en octubre de 1936 en Reconquista) y no para de recibir elogios. A tal punto que el año pasado, en la Feria del Libro de Buenos Aires, fue homenajeada por autoridades de su ciudad natal.
En agosto de 1970, cuando llegó a Santa Fe y fue entrevistada por El Litoral, estaba en pleno desarrollo dentro del ámbito literario. Era una treintañera con varios "pergaminos" en su haber. Su difundido libro titulado "La torre de cubos" (1966) le había dado primacía nacional en la literatura infantil.
En 1968 había escrito una pieza para teatro infantil titulada "El Petirillo y etc. etc.", que estrenó el grupo El Chocolate, con la dirección de Héctor Veronese, También tenía montado un show titulado "Bichoscopio", en un café-concert de Córdoba.
"Mis libros no fueron escritos únicamente para Laura y Gustavo, mis hijos de 9 y 5 años, sino para todos los Gustavos y todas las Lauras que andan por ahí", dijo en la charla con el diario, publicada el 6 de agosto de ese año.
También contó que su primera vocación literaria estuvo relacionada con el cuento, lo cual la llevó a publicar en 1965 el libro "Los desnudos". Más tarde, su consagración al magisterio primario y la observación de sus hijos y de sus amiguitos le despertó el interés por la literatura para niños.
Cuando el periodista le preguntó sobre la delimitación del escritor para niños, contestó que "la literatura infantil es ante todo literatura".
"Durante mucho tiempo se produjo una confusión, separándose lo que se escribía para niños con intención pedagógica y lo meramente artístico. Como se sabe, en toda obra de arte existen dos componentes: intelectual y afectivo. Cuando se escribe para niños es necesario atender el factor afectivo principalmente", explicó.
Devetach cuestionaba una mirada que reducía los libros infantiles a una función utilitaria y defendía, en cambio, el valor estético de la palabra. Para ella, una historia no tenía nada que ver con una enseñanza prefabricada, sino con la posibilidad de abrir una experiencia (o varias).
"Yo escribo, por ejemplo, para niños que ya saben leer. Soy enemiga de poner límites a estas cosas, porque todo esto depende del caso, del individuo y del medio", explicaba.
También hablaba entonces de los nuevos formatos, de los libros sin texto, de las imágenes como otra forma de narrar. "Mis libros también pueden narrarse, por supuesto. Los escribí para mí; mirando mis chicos y sus amiguitos, jugando en mi casa", decía.
Es decir que Devetach nunca escribió para bajar línea o dar respuesta desde arriba, sino para abrir puertas. A través de esa "llave" hecha de palabras que todavía gira, una y otra vez, para que nuevos lectores puedan entrar.
Ella misma lo manifestó: "un niño no aprende a hablar únicamente porque madura. Aprende porque hay un otro que le habla, que lo escucha, que espera su respuesta y que pone palabras allí donde todavía no las hay".
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