Fue el 6 de abril de 1987, exactamente a las 16 horas, en el aeropuerto Jorge Newbery. Ahí estaba, era él, el Papa polaco, Karol Wojtyla. Cumplido casi como un ritual, y como había hecho una y otra vez durante sus innumerables recorridas por todo el mundo, saludó con su amplia sonrisa -se lo veía feliz-, y descendiendo ágilmente del avión se inclinó de inmediato a besar con unción y cariño la "fecunda y noble tierra argentina".



































