Por Verónica Dobronich
Muchas veces lo atribuimos al ritmo de vida, al trabajo o a la edad, sin escuchar el mensaje de fondo.

Por Verónica Dobronich
Antes de que podamos poner en palabras lo que nos pasa, el cuerpo suele dar señales. Contracturas persistentes, cansancio que no se va, dolores de cabeza frecuentes, problemas para dormir o una irritabilidad constante. Muchas veces lo atribuimos al ritmo de vida, al trabajo o a la edad, sin escuchar el mensaje de fondo.
El cuerpo es un traductor emocional. Cuando sostenemos estrés, exigencia o emociones no resueltas durante mucho tiempo, el impacto no queda solo en la mente. Aparece físicamente.
En una cultura que premia el rendimiento constante, solemos desconectarnos del cuerpo para seguir funcionando. Aprendimos a empujar, a ignorar molestias, a normalizar el dolor. Sin embargo, el cuerpo no se adapta infinitamente. Escuchar sus señales no es debilidad, es inteligencia emocional.
Desde la neurobiología del estrés se sabe que el cuerpo reacciona antes que la mente racional. Una práctica sencilla es el chequeo corporal consciente: detenerse unos minutos, respirar profundo y observar dónde hay tensión. No para corregirla, sino para registrarla.
Hablar de bienestar no es hablar solo de la mente. Es aprender a escuchar también al cuerpo. Cuando desarrollamos conciencia emocional y corporal, ganamos algo fundamental: la posibilidad de prevenir, regular y cuidarnos mejor. El bienestar no se impone, se construye. Y muchas veces empieza por registrar lo que el cuerpo ya está diciendo.