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El oficio de ordenar las palabras

El oficio de ordenar las palabras

El oficio de ordenar las palabras

Miércoles 18.3.2026
 6:01hs
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Rodrigo Agostini
Por: 
Rodrigo Agostini

Me crucé con un colega que, con un gesto casi distraído, me preguntó algo en apariencia trivial pero que llevaba escondida una profundidad insondable: "¿Cómo hacés para escribir?". Fue una de esas preguntas que parecen inocentes y que, sin embargo, golpean como una ola, obligando a detenerse.

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Respondí lo primero que me vino a la mente, con la naturalidad de quien sabe que no hay respuestas únicas: "Escribo como quien entrena. Algunos van al gimnasio para mantener el cuerpo en forma; yo me ejercito leyendo. Leo, y a veces comprendo lo que leo. De ese ejercicio, brotan las palabras que luego me rodean, me aprietan, incluso me asfixian, hasta que encuentro la forma de ordenarlas sobre la hoja".

La metáfora del gimnasio me resultó oportuna, pero pronto comprendí que debía añadir algo más. Porque las palabras no aparecen dóciles, ni alineadas como soldados dispuestos a obedecer una orden. Surgen caóticas, fragmentadas, desordenadas como un enjambre de pájaros que se cruza en pleno vuelo. Y el verdadero esfuerzo de escribir consiste en darles forma, en persuadirlas de que se dejen encadenar de un modo que sea comprensible para los demás y al mismo tiempo fiel a lo que uno siente.

Ese esfuerzo es arduo. No basta con leer mucho, ni siquiera con comprender lo leído. Escribir implica pasar por un laberinto de dudas: releo lo que escribo, lo interpreto, me pregunto, me respondo, vuelvo a respirar, y sólo en ese instante -en medio de la fatiga del ensayo y error- las palabras se dejan ordenar. La escritura, así entendida, no es un río que fluye sin obstáculos; es más bien un cauce que debe limpiarse una y otra vez de piedras y ramas para que el agua pueda correr.

Blanchot decía que "escribir es entrar en la noche del lenguaje". Y tenía razón: uno no avanza con plena claridad, sino tanteando, como quien camina en un bosque oscuro. Esa oscuridad no es un defecto, sino la condición misma de la escritura: allí, donde la palabra se escapa, empieza la tarea del escritor. Lo que yo llamo ordenar no es un acto de dominio, sino un modo de escuchar lo que las palabras quieren decir antes incluso de que yo lo sepa.

Una tarea artesanal

Hay algo profundamente artesanal en esa tarea. Ordenar palabras es como levantar un muro con ladrillos irregulares: no siempre encajan, no siempre se dejan colocar en el sitio pensado. A veces hay que limarlas, darles vueltas, acomodarlas con paciencia. Y, aun así, nunca quedan perfectas: siempre hay grietas, huecos, un aire que se filtra entre las frases. Quizás allí esté lo más humano de la escritura: en su imperfección inevitable, en ese temblor que se nota incluso en los textos más pulidos.

Borges, con su maestría para simplificar lo complejo, sugería que conviene empezar con una frase de bordes célebres, capaz de atrapar al lector de inmediato. Pero ese recurso, que no deja de ser eficaz, es apenas la puerta de entrada. Lo verdaderamente difícil es sostener el recorrido, lograr que detrás de esa primera chispa se despliegue un pensamiento con coherencia y ritmo. Allí se revela lo esencial: escribir no es sólo poner palabras una detrás de otra; es crear un camino donde cada palabra se justifica por la anterior y prepara la que sigue.

Tender puentes

Barthes habló de "la muerte del autor" para recordarnos que el texto no nos pertenece del todo. Una vez escrito, se abre al lector como un territorio nuevo, y en esa lectura encuentra su verdadero sentido. Eso me recuerda que escribir es siempre un acto doble: nace en la intimidad de quien se enfrenta al papel, pero se completa en la mirada del otro. Lo que uno escribe deja de ser solo suyo para convertirse en puente. Y en ese puente, el lector se convierte también en autor, reconstruyendo lo que el escritor apenas esbozó.

Ese proceso requiere paciencia. Muchas veces me descubro atrapado en un mismo párrafo, incapaz de avanzar porque las frases no encajan, porque el tono se resiste, porque lo que quiero decir aún no ha madurado lo suficiente en mi interior. Es en ese instante cuando la escritura se parece a un combate silencioso: yo, frente a la hoja, luchando por hacer visible lo invisible. No siempre gano, claro está; pero incluso en la derrota aprendo algo del oficio.

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El lector suele imaginar que quien escribe lo hace con naturalidad, casi sin esfuerzo, como si las palabras acudieran obedientes en el momento justo. Nada más lejos. Escribir es sudor, es duda, es ensayo constante. Tal vez por eso la metáfora del gimnasio sigue siendo adecuada: porque, así como el músculo sólo crece después de repetir una y otra vez el mismo movimiento, la escritura se fortalece en la reiteración paciente del acto de ordenar lo que parece inordenable.

Y, sin embargo, en medio de esa fatiga ocurre algo casi mágico. De pronto, tras la lucha con frases que se escapan o se resisten, una idea encuentra su cauce y se despliega clara, luminosa, como si siempre hubiera estado allí esperando. Ese momento se parece a recuperar el aire después de una inmersión: uno vuelve a respirar y, en esa respiración, las palabras encuentran su sitio. Escribir es, también, un modo de aprender a respirar mejor.

Levinas escribió que "decir es ya responder al otro". Esa afirmación me conmueve porque confirma lo que tantas veces intuyo: escribir nunca es un acto solitario. Incluso en la soledad más absoluta, lo que empuja a escribir es la presencia invisible de un otro que todavía no está, pero a quien uno ya se dirige. Ordenar palabras es también un modo de responder, de cuidar, de hacerse responsable de lo que se ofrece al lector. Esa dimensión ética late bajo cada párrafo, aunque no siempre lo advirtamos.

Quizás lo que más me conmueve del acto de escribir es ese carácter doble: íntimo y, al mismo tiempo, público. Nace en la soledad del que se pregunta a sí mismo, pero se completa cuando otro lo lee y, en esa lectura, reconoce algo propio. Es un puente tendido entre dos conciencias que no se conocen del todo, pero que por un instante comparten el mismo aire. Octavio Paz lo expresaba con claridad: "La escritura es la soledad del escritor y la compañía del lector".

Pensamiento en construcción

La pregunta de mi colega, en apariencia simple, me recordó algo fundamental: uno no escribe porque tenga todas las respuestas, sino porque necesita organizar las preguntas. Escribir no es exhibir certezas, sino exponer la fragilidad de un pensamiento en construcción. Y tal vez sea justamente esa fragilidad lo que vuelve valioso el gesto: mostrar que detrás de cada frase hay un esfuerzo, una búsqueda, una respiración sostenida.

Hoy, mientras repaso esta reflexión, pienso que escribir es mucho más que una habilidad técnica. Es un modo de habitar el mundo, de dar testimonio de lo que nos atraviesa, de lo que nos golpea y también de lo que nos acaricia. Es un intento de atrapar lo inasible con herramientas siempre precarias, pero necesarias. Paul Valéry decía que "un poema nunca se termina, solo se abandona".

Quizás lo mismo valga para todo texto: nunca queda perfecto, pero en algún punto respira por sí mismo y nos deja en paz, en silencio. ¿Vale la pena tanto esfuerzo? Creo que sí. Porque cuando, después de releer y corregir, finalmente un texto respira por sí mismo, uno siente que ha logrado algo más que ordenar palabras: ha tejido un instante de sentido en medio del caos. Y ese instante, aunque fugaz, justifica la fatiga.

Quizás de eso se trate, en definitiva: de aprender a vivir como quien escribe, y a escribir como quien respira. Entre dudas, esfuerzos y destellos, seguimos entrenando. Lo digo a quien quiera escucharme (lo leí en algún lugar, o quizás lo inventé sin saberlo, pero ya es mío al decirlo): la literatura es el más solitario y desolado arte.

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