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Crónicas santafesinas

Con Zazpe, este ateo irredento, descubrió que había otra manera de vivir lo religioso; que fe y humanismo eran posibles y que hay en los hombres de fe una sensibilidad singular.

Crónicas santafesinas Crónicas santafesinas

Jueves 2.7.2020
 20:50hs
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Rogelio Alaniz
Por: 
Rogelio Alaniz

I

Enero de 1984. Yo estaba pasando mis vacaciones de enero en las sierras de Córdoba, cuando escuché por la radio que el arzobispo de Santa Fe, Vicente Faustino Zazpe, había fallecido. La noticia llegó a la siesta, después de un asado que disfrutamos con el matrimonio amigo con el que compartíamos un distinguido chalet en las afueras de Villa Giardino. Demás está decir que la noticia me arruinó el día. Es sorprendente como uno ante situaciones de este tipo cae en los lugares más comunes. “Pero si yo lo saludé y estuve conversando con él el mes pasado”. Fue lo primero que comenté, como si el hecho de haber estado con él impidiera que un mes después se muera. En efecto, si la memoria no me falla en los detalles, creo que fue para la primera semana de diciembre de 1983 cuando el flamante gobierno de Raúl Alfonsín designó al doctor Benjamín Stubrin -mi profesor de Derecho Romano y Contratos- rector normalizador de la Universidad Nacional del Litoral. Zazpe estuvo allí. Me acerqué a saludarlo y me recibió con su proverbial afecto. Lo vi bien. A él siempre lo vi bien: afectivo, íntegro, gentil. Tengo presente la imagen en el hall del paraninfo de la universidad. Mucha gente y mucha alegría. Salíamos de una dictadura militar con las satisfacciones del caso pero también con las previsibles incertezas y temores. No era para menos. Durante medio siglo los militares iban y venían, pero siempre eran ellos los que terminaban decidiendo quiénes debían gobernar y qué estaba permitido hacer o no hacer. Raúl Alfonsín en la presidencia era una excelente garantía democrática y no sé por qué (ahora lo sé) se me ocurrió que en ese momento monseñor Zazpe desde su magisterio también era una garantía a favor de la convivencia, la vida y la justicia. Lo vi salir caminando de la universidad. Entonces no sabía que sería la última vez que lo veía, pero no deja de ser curioso que la última imagen que registro de él sea caminando por la explanada de la Universidad Nacional del Litoral.

II

A mí me ocurre algo raro en mi relación con la iglesia. No creo en Dios, pero creo en los curas, por lo menos en ciertos curas. Como alguna vez le dije al padre Stoffel, con el cual discutíamos tanto y compartimos tantas cervezas: “Hasta aquí llego”. Y él me miró con gesto canchero y me dijo: “No alcanza, pero algo es algo”. Es verdad, no soy creyente (aunque sobre ese tema uno nunca está del todo seguro) pero en Zazpe creía. Empecé a creer cuando nos visitó en abril de 1976 en la cárcel de Coronda. Nos saludó a cada uno de nosotros. Lo acompañaban dos gendarmes que no podían disimular la cara de culo. Después celebramos una misa. Sospecho que la mayoría de los que participamos de ella no éramos creyentes, o por lo menos practicantes religiosos. Pero fuimos porque era Zazpe. Nada más y nada menos. De esa ceremonia tengo presente la mención a la película “Jesucristo Superstar”; y una frase: “Cristo es la presencia de la fe en la historia”. Él también sabía con quiénes estaba hablando. Era sensible, era solidario, pero no era ingenuo. Su conciencia evangélica le exigía estar presente en la cárcel para dar una voz de esperanza, pero también para hacernos saber que no estábamos solos. Yo no sé qué recuerdos tienen mis compañeros de presidio de aquellos años. No puedo hablar en nombre de todos, y tampoco importa que lo haga. Hablo por mí y entonces digo: “Nunca me voy a olvidar de esos momentos; siempre tendré presente a monseñor Zazpe, su expresión atenta, su afecto y esa manera de estrecharnos la mano”. Con Zazpe, este ateo irredento, descubrió que había otra manera de vivir lo religioso; que fe y humanismo eran posibles y que hay en los hombres de fe una sensibilidad singular. Alguien me dirá “Chocolate por la noticia”. Yo hablo por mí. Y soy sincero: no me hice creyente o no me “tocó” el don de la fe, pero a Zazpe yo le creía. Y a partir de ese momento le creí siempre.

III

Cuando recuperé la libertad, una amiga religiosa me dijo que quería saludarme. No lo quería creer. En 1978, había conocidos y algunos “amigos” que se cruzaban de vereda porque “los comprometía”, es decir, estaban muertos de miedo. Pero el arzobispo de la ciudad me recibió en su residencia de General López y San Jerónimo. Tampoco lo olvido. Delgado, algo pálido, tenía una manera especial de caminar; sus modales eran cordiales y elegantes; el tono de su voz era persuasivo; su sonrisa era breve pero cálida. Conversamos un rato en una galería con sillones. Insisto una vez más: no era ingenuo. No ignoraba que la persona que tenía enfrente era un izquierdista ateo, no lo ignoraba, pero supongo que estaba más allá de esos “detalles”; su liderazgo espiritual me incluía, aunque más no sea como oveja descarriada. Sin perder la cordialidad, quedaba claro que era un hombre consciente de su poder y de sus responsabilidades. Sus decisiones y sus actos no eran producto de la improvisación, sino de una conciencia atenta y sensible y, seguramente, alentada o sostenida por una fe que que se expresaba en cada uno de sus gestos.

IV

Después llegó la noticia del robo de la corona y las joyas de la virgen de Guadalupe. Esto ocurrió a fines de mayo de 1980. Esa noche unos señores ingresaron a la Casa Parroquial de la basílica de Guadalupe por calle Patricio Cullen. Lo hicieron con bastante comodidad. Raro en una ciudad que en aquellos años estaba patrullada por la policía y el ejército todos los santos días de la semana. Los caballeros entraron, sabían dónde estaba la llave del cofre o caja fuerte donde guardaban las reliquias y se las llevaron. Ese día, o esa noche, el padre Edgardo Trucco después de celebrar misa se había ido a la casa de su madre para festejar su cumpleaños. Parece que los caballeros ladrones también estaban al tanto de ese aniversario. Lo cierto es que se fueron con tanta comodidad como llegaron. Horas después enviaban comunicados a dos diarios de Buenos Aires exigiendo la renuncia de Zazpe. Creo que para probar quienes eran enviaban un par de pequeños crucifijos. Efectivamente no había dudas de que se trataba de los ladrones y tampoco había dudas que los delincuentes en nombre de la lucha contra el comunismo pedían la cabeza del obispo. ¿Chorros o grupos de tareas o fanáticos integristas? La pregunta está mal planteada. La O debe ser reemplazada por la Y. Chorros Y grupos de tareas Y fanáticos integristas. Zazpe no renunció por supuesto, pero las joyas nunca aparecieron. Por supuesto que los encargados de investigar no se esforzaron demasiado. Como dice el refrán; “Entre gitanos no nos vamos a estar leyendo la mano”.

V

De todos modos los delincuentes sabían dónde apuntaban. Pero sobre todo, lo sucedido demostraba hasta dónde ciertos sectores de la iglesia eran capaces de llegar contra un obispo. ¿Zazpe era comunista? El que así lo piensa es un imbécil, un ignorante o algo peor. ¿Era un revolucionario del Evangelio? Tampoco. Zazpe era un reformista; un sacerdote comprometido con el Evangelio que se esforzaba con mucha prudencia en hacer realidad los enunciados del Concilio Vaticano convocado por Juan XXIII y concluido por Pablo VI. Ese reformismo -pero también ese humanismo- le alcanzaba para ser solidario con monseñor Angelelli, no porque estuviera en todo de acuerdo con él, sino porque sabía que Angelelli era también un hombre de la Iglesia. Lo que ocurre es que en tiempos de barbarie un reformista consecuente y leal a sus convicciones es un escándalo. Zazpe no predicó ni la violencia, ni la revancha, pero levantó su voz por los atropellos de la dictadura. A quienes entonces militamos en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), nos recibió cuantas veces se lo solicitamos. El padre Ernesto Leyendecker estuvo en la APDH porque él lo autorizó. Nos recibía y nos escuchaba. Pero después tomaba las decisiones que consideraba convenientes. Yo escuchaba con frecuencia su columna radial “Habla el arzobispo”. No siempre estaba de acuerdo, pero daba gusto escucharlo. El tono de la voz, ese estilo de presentar una hipótesis a través de ejemplos de la vida cotidiana, esa inteligencia perceptiva y abierta. Paradojas de la vida. El hombre, el sacerdote que habló con conmovedor coraje en tiempos que muchos callaban, calló para siempre con la recuperación de la democracia. Un creyente probablemente diría que acudió al llamado del Señor. Puede ser. Pero yo todavía lo extraño.

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