Conocí a Alejandra Oliveras hace casi veinte años. Fue en 2006, en la ciudad de Córdoba, el fin de semana previo al de su primera consagración mundialista, seguramente la de mayor impacto y trascendencia de toda su carrera. Me refiero a la que logró frente a la anfitriona Jackie Nava en el Palenque del Hipódromo de Tijuana, México, por el título del peso supergallo del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), el 20 de mayo de aquel año, produciendo un verdadero batacazo y consiguiendo, de visitante, un triunfo categórico (GKOT 8) como el que ninguna otra pugilista argentina pudo repetir o equiparar hasta la fecha (Nava cayó como “adormecida”, por un durísimo e impecable cross de izquierda –ojo, los norteamericanos lo llaman “gancho” y le dicen “cruzado” al directo- y el árbitro prefirió parar el combate sin necesidad de contar hasta 10).




































