Historia de una institución esencial para la cultura argentina
Universidad pública y pensamiento crítico: Joaquín V. González (Parte II)
Se formó en la casa de altos estudios cordobesa, tuvo su paso por la de Buenos Aires y fundó la platense, Joaquín V. González dejó una huella imborrable en la cultura argentina.
Universidad pública y pensamiento crítico: Joaquín V. González (Parte II)
Joaquín V. González nació el 6 de marzo de 1863 en Nonogasta, departamento de Chilecito, La Rioja. Se crio a la sombra de las montañas y a los pies de los Andes, en tierras áridas, rocosas y erizadas, en una ciudad de aspecto morisca, con patios llenos de naranjales y bajo un clima ardiente. Paisaje que lo marcó a fuego en el alma y que abandonará en la adolescencia para estudiar en Córdoba.
Fue el tercero de los siete hijos que tuvo el matrimonio conformado por Don Joaquín González, comandante de milicias, y Doña Zoraida Dávila. A fin de resguardarse de la amenaza montonera se mudaron a una estancia en Huaco, en el valle de Sanagasta. Luego, en 1869, regresan a Nonogasta, hasta que pasados unos años su padre levantó una nueva casa en Villa Argentina, Chilecito.
De pequeño armó su primera biblioteca, con libros de Sarmiento, Chateaubriand, Calderón de la Barca, Dumas, Zorrilla, entre otros. Sus padres lo veían devorarlos, era un lector incansable y el único de los sietes hermanos con auténticas inquietudes intelectuales. Ante esas aptitudes, decidieron enviarlo a cursar los estudios secundarios en Córdoba (R. Rojo, sobre J. V. González, año 2005).
Allí su hogar fue el Colegio de Monserrat y, luego, la Facultad de Derecho. Entró a la masonería en la Logia Piedad y Unión. Mantuvo siempre, incluso alejado de su tierra natal, el temperamento lírico, impreso en las montañas con sus primeros poemas. Llegó al estudio del Derecho, entonces, "por la senda de la emoción, ante la contemplación de la belleza inmanente en todo concepto de justicia".
En el año 1886, se doctoró en Jurisprudencia, con su tesis “La Revolución” (en “Biografía”, E. Pettoruti). Luego, dejó dormir al poeta en la docta ciudad, para ingresar en Buenos Aires al escenario de la política y al manejo de los negocios del Estado, pero sin que se apague la llama de su lirismo, pues tenía la convicción que "una inteligencia sin afectos no es jamás una fuerza eficiente”.
Aclaró, enseguida, Joaquín V. González que el corazón no fue para él, como se suele decir, un obstáculo, al contrario, “fue siempre baluarte de mis acciones, refugio en mis adversidades, reposo en mis fatiga y placer único en mis éxitos".
Con veintitrés años fue electo diputado nacional por La Rioja y, tres años después, se convierte en el gobernador más joven de la historia de esa provincia. Constituyó su familia junto a Doña Amalia Luna Olmos, en el año 1889, que pertenecía a una familia de antigua estirpe de gobernantes riojanos (los Luna) y cordobeses (los Olmos). Del matrimonio nacieron cinco varones y cinco mujeres.
Su amor a la vida, evidenciado en los poemas juveniles y exaltado en la madurez con el descubrimiento de Tagore, lo llevarían al misticismo, con acentuación panteísta, incursionando en la filosofía vedanta y la práctica de la meditación y la contemplación. Nada era más adecuado para ello que su finca en medio del desierto valle del Famatina, que llamó “Samay Huasi”, casa de descanso en quechua.
Tal es la región nevada del Famatina que embriagó el alma de Juan Bialet Massé, que al recorrerla, con motivo de su célebre informe sobre el estado de las clases obreras en el interior (a pedido de González como base del proyecto de la Ley Nacional del Trabajo), no vio diez metros seguidos que sean iguales, todos variadamente preciosos, con colores que viven, que embargan la vista.
Ninguna lucha logró envejecerlo con la sombra fría de la amargura o escepticismo. Fue un estadista notable que ocupó importantes cargos públicos. Su hijo Julio, mencionó que hubo dos ocasiones en que su alma soñadora y su inteligencia profética brotaron en dos afloramientos. En 1904 con su proyecto de Ley Nacional del Trabajo y, en 1905, con la fundación de la Universidad Nacional de La Plata.
Esta última casa de estudios, fue su poema de más alto lirismo e hija predilecta de su pensamiento. A punto tal que confesó Joaquín V. González, "nunca emprendí con más fe una obra de mi idea y de mis manos que en esta fundación. Ella nació de un sentimiento directivo de mi vida pública toda, se calentó a la llama de una profunda emoción de amor humano y se fortaleció en el yunque de la lucha".
Así fue, lejos de la montaña nativa y de la diaria confidencia con el alma de las cosas, gestó en La Plata el nacimiento de su nuevo hogar. A instancia suya, en representación del Poder Ejecutivo nacional y con el Gobernador Ugarte, el 12 de agosto de 1905 celebraron un convenio con el fin de constituir una Universidad nacional. El 19 de septiembre se sancionó la ley nacional para su creación.
Los motivos e intenciones de su fundación excedían la mera formación profesional, ya que Joaquín V. González consideraba que no podía ser una "fábrica de profesionales" o una "oficina expendedora de títulos", ella debía ser una fuente generadora de cultura general, de saber desinteresado y de investigación científica, a fin de repercutir en el nivel medio de la instrucción pública.
Fue argumento para su fundación, la crítica y diferenciación con las Universidades de Córdoba y de Buenos Aires, las cuales respetaba, pero que por las características que poseían sería difícil practicar en ellas nuevas experiencias. Una tercera Universidad debía transformar el antiguo espíritu dogmático y abstracto, en un espíritu científico y experimental.
Una Universidad científica, "un laboratorio de observación y experiencia de vida del medio en que actúa y si no es así, carece de razón de existir". El acento en ello obedeció a la influencia positivista todavía vigente, aunque pronto crecería la reacción antipositivista. Levene al explicar el pensamiento sociológico de González, hizo la salvedad de que su positivismo era puramente metodológico.
En la ley-convenio de la Universidad se establecían los fines a cumplir: la enseñanza, la ciencia universitaria y la cultura pública. La enseñanza en todos sus grados, desde la primaria a la superior, por eso hasta previó la Escuela Graduada Anexa, el Colegio Nacional y el Colegio Secundario de Señoritas.
González consideraba absurdo que la separación en grados de la enseñanza las ponga en pugna entre sí. No se puede atender el problema de la escuela primaria o secundaria, sin comprender que el maestro y el educador son de formación cultural superior. Es misión de la Universidad formarlos, un deber que tiene para con la sociedad. Dejó en claro que la escuela elemental es base de la democracia.
También previó la semilla para una futura Facultad de Filosofía y Letras en las dos secciones de estudios creadas, una de Pedagogía y otra de Filosofía y lenguas latina y griega. Y, se añadía, la intercomunicación de los estudios entre las distintas Facultades para su recíproca penetración.
No omitió la cultura pública, en tanto la pensó a través de la extensión universitaria, convirtiendo a la Universidad en un foco de luz que ilumine dentro y fuera de ella, sea mediante clases abiertas a la concurrencia pública o con la biblioteca.
Cuando hablamos de “cultura”, como sostenía José Ortega y Gasset, no puede ser sino general. De ahí que la Universidad no debe limitarse a una especialidad, sino abarcar toda la actividad del espíritu. Y, al mismo tiempo, otorgar unidad e integración a todos sus estudios, si pretende tener una íntima relación con la cultura, sea enriqueciéndola o trasmitiéndola.
La unidad mencionada está a cargo de la filosofía, que debe reducir a su identidad íntima las más diversas direcciones de la cultura, evitando una simple yuxtaposición. José Ingenieros consideraba que el desarrollo de Escuelas profesionales provocaba la muerte de la concepción de Universidad, convirtiéndola en un simple engranaje administrativo, parásito de esas escuelas.
Es función de la Universidad, entonces, dar y resguardar una impronta espiritual en común a todos sus integrantes. Mientras mayor sea la especialización de los estudios en cada carrera, se torna aún más necesaria esa unidad a cargo de la Universidad, a través de una filosofía con sentido humanista.