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Canas y estudiantes: un duelo interminable

El autor recuerda episodios que lo ligan a esa rivalidad histórica. Eran tiempos en los que la policía y los jóvenes daban rienda suelta a su encono, y estos terminaban a veces en serios encontronazos callejeros. Las tensiones con algunas de las fuerzas del orden exponían contradicciones sociales, con jóvenes burgueses desafiando a uniformados de origen trabajador.

Canas y estudiantes: un duelo interminableCanas y estudiantes: un duelo interminable

Jueves 28.5.2026
 14:31
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Rogelio Alaniz
Por: 
Rogelio Alaniz

Otra historia carcelaria. Porque a esta ciudad más de una vez la contemplé desde la ventana de un calabozo. Y hay que aprender a mirar la ciudad desde la ventana o, para ser más preciso, desde el ventanuco de un calabozo. Es otra luz, es otro horizonte, tal vez sean otros ojos.

La historia podría empezar a contarla no desde el inicio sino desde el final. O desde la mitad. No sé si el experimento interesa a los lectores, pero a mí me importa porque esta historia incluye una incógnita que me acompaña desde hace medio siglo, incógnita que no he podido develar a pesar del tiempo transcurrido.

II

La historia tiene un desenlace nada trascendente pero que persiste en mi memoria. Yo, con 21 años recién cumplidos, concluyo detenido por la policía y recupero la libertad ese mismo día porque en aquellos tiempos sosteníamos con la policía el juego no del "policía y el ladrón", sino de "la cana y los estudiantes".

Juego que habilitaba entre otros menesteres que nosotros cometiéramos desórdenes en la calle, ardiéramos a puteadas a los canas, mientras ellos se dedicaban a corrernos, arrojarnos gas lacrimógeno y cuando podían nos surtían algunos garrotazos por el lomo.

Policías y estudiantes -desde la noche de los tiempos- nunca se llevaron bien, pero en aquellos años, después de la gimnasia habitual de puteadas, corridas y algún que otro entrevero, los canas volvían rezongando a sus seccionales y nosotros nos juntábamos en los bares de la zona a compartir una cerveza y comentar las peripecias de la jornada.

III

La historia que les cuento empezó un mediodía en el Comedor Universitario. Esto debe de haber ocurrido en el mes de junio o julio de 1971. Sol de otoño, ni mucho calor ni mucho frío.

El Comedor Universitario de Bulevar prodigaba además de comida los beneficios de club social, comité político, salón de asamblea y la expectativa siempre latente de iniciar algo parecido a un romance, porque en la más noble tradición del "Mayo francés", a todos nos resultaba estimulante la combinación de revolución y sexo.

Ese día no recuerdo con precisión el motivo de la protesta. Puede haber sido desde la noticia de un nuevo bombardeo de los yanquis en Vietnam, a la calidad del chorizo asado que nos servían. Todo era posible entonces. Y me detengo en particular en el chorizo, porque tengo presente que en una marcha que hicimos hasta el rectorado el eje de la protesta fue precisamente la calidad de los chorizos.

Y las pruebas de la infamia las exhibían un par de estudiantes de Ingeniería Química que se habían tomado el trabajo de analizar en el laboratorio de la facultad los componentes orgánicos del dichoso chorizo. "Ganas de hacer quilombo por hacer quilombo", recuerdo que se quejaba un amigo de papá que votaba a Álvaro Alsogaray, para después agregar:

"Putean por un salamín, pero esa misma noche se reúnen en uno de sus habituales aguantaderos que le llaman 'casas de estudiantes' acompañados de una guitarra desafinada, una damajuana de vino barato que hasta a King Kong le arruinaría el hígado y unos chorizos cuya calidad transforma al chorizo del que ahora se quejan, y arman un escándalo, en caviar del Mar Negro".

IV

Retorno al año 1971. El presidente era Alejandro Agustín Lanusse, titular de una dictadura que ya no sabía qué hacer para irse. Insisto en lo del "juego". Nosotros provocábamos a los canas y ellos nos garroteaban; ellos nos mostraban los dientes y nosotros las uñas. A veces nos metían presos, a veces se ligaban un piedrazo.

Con los que no había mucho margen para joder era con los caballeros de la Guardia Rural Los Pumas. Estos muchachos eran de pocas pulgas y no nos querían para nada. Razones tenían.

Los traían desde la Cuña Boscosa dos o tres días antes de la manifestación estudiantil, los tenían encerrados a pan y agua y cuando protestaban les decían que la culpa de sus desgracias la tenían los estudiantes, esos "nenitos de mamá que se hacen los comunistas para divertirse". Se imaginarán ustedes con el humor que salían estos buenos muchachos cuando llegaba la hora de iniciar el entrevero.

Campesinos del norte bravío y montaraz, con sexto grado apenas cumplido, habituados a lidiar con cuatreros y "gauchos alzados", recelosos de los habitantes de las ciudades y muy bien arengados por sus superiores contra los estudiantes, hijos de los ricos del pueblo o de los patrones de sus padres.

V

Digamos que además de un conflicto acerca del orden había un conflicto de clase en el mejor estilo de Pier Paolo Pasolini: los estudiantes impugnábamos a la burguesía pero nosotros éramos los burgueses; y los canas defendían los intereses de los burgueses, pero por ingresos y origen de clase ellos eran los trabajadores. Menuda contradicción.

Lo cierto es que ese día se nos ocurrió ornamentar la protesta sacando las mesas del comedor a la calle esperando a que ocurriera lo que ocurrió, es decir, que llegara la cana y empezaran las bombas de gas lacrimógeno, las corridas y los cascotazos.

Para esa época no solo que ya éramos experimentados en esas lides, sino que además estábamos agrandados porque para bien o para mal nos movilizaba la convicción de que con nuestras gestas contribuíamos al derrocamiento de la "dictablanda" militar y de yapa aportábamos a la revolución social o al retorno de Juan Domingo Perón.

La "batalla" empezó en Bulevar, pero las refriegas continuaron por toda la zona. Armábamos barricadas en las esquinas; los canas nos corrían y armábamos barricadas en la cuadra siguiente. Y nos volvían a correr. En el camino menudeaban piedras y garrotazos mezclados con consignas antiimperialistas y puteadas.

VI

Si la memoria no me falla, lo que les cuento ocurrió un sábado. Yo participaba alegremente de la batalla campal, pero detalles escabrosos al margen, ahora vamos a la escena final. No sé por qué motivos, después de algunas corridas y forcejeos, quedo solo en la vereda de 1º de Mayo entre Obispo Gelabert y Santiago del Estero.

Pantalón de corderoy marrón que me compró mamá porque, demás está decir, entonces era un mantenido absoluto de mis padres; pantalón marrón y pullover verde de cuello cerrado, regalo de una novia abnegada. De pronto un auto de la policía que dobla por Junín y apenas me ven se vienen al humo.

Yo pesaba entonces veinte kilos menos y tenía veinte años. A correr no me iban a ganar. Mi estado físico era bueno, pero añado que entonces fumaba dos paquetes de cigarrillos por día y esa noche seguramente me había acostado a la madrugada con unos cuantos vinos encima, por lo que un atleta, lo que se dice un atleta, no era.

Por lo pronto los gambeteo y empiezo a trotar por 1º de Mayo en dirección al sur. Cruzo calle Santiago del Estero y acelero el tranco porque veo que el auto, violando todas las normas de tránsito, maniobra y empieza a correrme a contramano. Hay vecinos contemplando el espectáculo. Yo corro y veo una puerta abierta y me meto sin pedir permiso. Adelanto la dirección: 1º de Mayo 3153 o 3155.

VII

Subo por una escalera y entro a un cuarto oscuro sin puertas y sin ventanas. Por lo menos eso es lo que recuerdo. Y ese cuarto oscuro sin ventanas me acompaña en mis pesadillas. Dos minutos después, tres canas sin orden de allanamiento suben y me sacan de los pelos; me suben al auto y como gesto de cortesía me zarpan una patada que todavía me duele.

Dos detalles: el pullover verde roto, anticipando una futura historia de amor también rota. Segundo detalle: todas las vecinas que miran la escena, incondicionales conmigo. "¡No sean brutos!", les grita una señora. "Pobrecito", dice otra. Uno de los canas murmura en voz baja: "Viejas de mierda". Me trasladan a la seccional de San Martín y Obispo Gelabert.

En la comisaría somos más de veinte los que estamos de plantón en el patio. El comisario le dice a los canas: "Y si a estos sinvergüenzas los vienen a defender Tessio, Molinas o Nogueras, los meten presos a ellos también".

Fanfarroneadas gratuitas, porque una hora después los tres, Aldo Tessio, Alfredo "Pichón" Nogueras y Ricardo Molinas, se hacen presentes en la seccional y a la nochecita estamos festejando nuestra libertad en el bar de San Jerónimo y Bulevar. Final feliz, salvo para mi pullover tejido por amorosas manos.

Pero una incógnita me quedó hasta el día de hoy. ¿En qué casa intenté refugiarme? ¿Qué cuarto de pesadilla era ese en el que no había puertas ni ventanas y todo estaba oscuro? Cada vez que paso frente a esa casa me hago la misma pregunta, y a veces tengo ganas de tocar el timbre, pero por un motivo u otro no lo hago.

Después de todo, ¿a quién le puede importar ese detalle, por más que muchas veces he soñado que estoy escondido en un cuarto oscuro sin escapatoria, mientras escucho el ruido de los pasos de dos o tres policías que vienen a buscarme?

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Rogelio Alaniz
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