Lo demás, lo que importa, ocurrió cerca de las cuatro de la mañana, cuatro o cuatro y media. Silvia abrazada a Manuel y nosotros compartiendo copas y hablando pavadas. A Myriam, debo haber sido el primero en verla. Estaba vestida con ropas oscuras y caminaba con esa dignidad y altanería que exhiben algunas mujeres de la noche. Su pelo era negro, la piel blanca, y yo sabía, a pesar de la noche y sus lentes oscuros, que sus ojos eran verdes, como también sabía que alguna vez fue la esposa de Manuel. Una mujer sola en un patio de tango es un escándalo o una anomalía. Myriam no fue la excepción. Todos los ojos la miraron, incluso los mozos y los músicos. Ella cruzó la pista caminando con el porte de una reina y juraría que Manuel también la vio cuando entraba al patio porque lo vi ponerse algo tenso, como se ponía en las situaciones de peligro. Todo fue rápido. No hubo saludos, ni sonrisas. Tampoco abundaron las palabras. Myriam lo encaró a Manuel y ni siquiera prestó atención a mi intento de ofrecerle una silla para que se siente. Cuando ella habló, Manuel seguía abrazándola a Silvia porque sospecho que no sabía qué otra cosa hacer. No fue mucho lo que dijo, pero creo que todo el patio de tango la escuchó. "El pibe se muere", le dijo sin dramatismo, pero con un tono de voz que te ponía los pelos de punta. "Se muere y me preguntó por vos…está en el hospital en la sala 15…te está esperando…por lo menos una vez en la vida portate como un padre". Fueron sus últimas palabras. Se retiró con la misma dignidad con la que había llegado. Myriam siempre fue así: supongo que si hubieran anunciado su condena de muerte, sus gestos y su porte habrían sido los mismos. Lo demás fue muy breve, pero hasta el día de hoy lo tengo presente. Manuel se separó de Silvia, terminó de un trago lo que quedaba de cerveza en el vaso, se paró y a mí me pareció que las piernas le temblaban un poco. No dijo una palabra, ni a mí ni a los otros muchachos de la mesa. No dijo una palabra, pero empezó a caminar detrás de Myriam. Era la primera vez que veía a Manuel caminar detrás de una mujer. Miré al cielo; vi que la luna se escondía detrás de una nube y me acordé de una letra de tango. Cuando Manuel pasó al lado del escenario la orquesta seguía ejecutando un tango, pero la pista estaba vacía.