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Crónicas santafesinas

Patio de tango

Patio de tangoPatio de tango

Sábado 23.3.2024
 1:57hs
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Rogelio Alaniz
Por: 
Rogelio Alaniz

Después del primer show a Manuel le gustaba instalarse en el Patio Florido, una pista de baile al aire libre ubicada a dos o tres cuadras del cabaret. Manuel entonces se desplegaba por la noche santafesina como un gran señor acompañado de una corte integrada por dos o tres amigos y un par de mujeres. En aquellos años yo era uno de sus amigos preferidos, una amistad extraña porque Manuel era quince o veinte años más grande que yo, y a primer golpe de vista cualquiera hubiera dicho que no teníamos nada que ver, que ese mocito universitario no tenía nada que hacer al lado de quien se consideraba en aquellos años el patrón de la noche. Sin embargo, así fueron las cosas. Manuel y yo forjamos algo parecido a una amistad, entre otras cosas porque entonces yo disponía de una singular habilidad para ganarme la confianza de personajes mayores que vivían en los bordes de la ley.

Esa noche salimos del "Macró" alrededor de las dos de la mañana. Manuel arregló algunas cuentas con el tipo que atendía el salón y le hizo una seña a Betina y a Silvia para que lo acompañen. Noche linda, noche como para amanecerse o, como dice el personaje de una zamba, noche como para desear que nunca amanezca. Recuerdo que caminábamos por el veredón, Manuel con Silvia colgada del brazo, y yo y Víctor un poquito atrás conversando entre nosotros, porque no sé por qué motivos esa noche Betina estaba "apagada", algo que le solía ocurrir con cierta frecuencia, sobre todo cuando le faltaba aspirar aquello que le devolvía luz a sus ojos y brillo a su sonrisa. Recuerdo que en algún momento le dije a Manuel: "Parecés un condotiero renacentista", y apenas terminé de decirlo me arrepentí, porque Manuel no tenía la menor idea de lo que era un condotiero y lo que era el Renacimiento.

Llegamos al Jardín Florido, a pocas cuadras de Blas Parera, y el mozo nos acomodó en la mesa que estaba reservada para Manuel desde siempre. El Jardín Florido hoy no existe, como es probable que tampoco existan la mayoría de las personas que ese viernes a la noche estuvimos allí, pero cuando existió, fue grande. Nada del otro mundo, pero lo que había en ese mundo bastaba, alcanzaba y a veces sobraba. Las instalaciones consistían en un patio de ladrillo de treinta metros de largo y unos quince metros de ancho. El patio estaba rodeado de árboles, creo que paraísos, aunque no estoy seguro, ya que mis visitas nocturnas de entonces no tenían nada que ver con curiosidades botánicas. A un costado de la pista estaba la barra donde se despachaba hasta lo que estaba prohibido. Y en diagonal, había un escenario en el que una orquesta de tango y una orquesta "típica" animaban la noche. Alrededor de la pista había mesas ocupadas por mujeres y hombres de los que podría asegurar que ninguno y ninguna estaban interesados en ganarse el cielo por sus virtudes evangélicas. Según recuerdo, más de una vez la policía se hizo presente en el Jardín, pero por lo general esas molestias no eran frecuentes porque los dueños arreglaban con los comisarios de turno para que nadie tenga que pasar un mal rato.

Decía que la noche era la de siempre. Había luna, pero no sé si las estrellas brillaban azules a lo lejos. Manuel ocupaba el centro de la mesa; Silvia se apoyaba de vez en cuando en su hombro y Betina seguía mirando a cualquier parte. Yo me dedicaba a observar la comedia humana: los músicos de la orquesta, los mozos con sus bandejas y sus pasos apresurados, los bailarines transpirando ilusiones, los muchachos parados a un costado de la pista fumando y con una copa en la mano. Hoy a la distancia puedo decir "lo de siempre", pero en aquellos años esas escenas nocturnas me fascinaban. ¿Por qué esa curiosidad? ¿Por qué en lugar de madrugar en esos piringundines no estaba estudiando como correspondía a un estudiante? No lo sé.

Pero a no adelantarse a los acontecimientos. Esa noche, por ejemplo, estaba lo que se dice en plenitud. Era joven, engreído, descarado; era amigo de Manuel que, además de protegerme, a su manera me respetaba. Aún tengo presente cuando Manuel salió a bailar con Betina sin prestar atención a los gestos contrariados de Silvia porque en tema de mujeres Manuel hacía lo que se le daba la gana y a nadie, ni a hombre ni a mujer, le daba explicaciones.

Betina salió a la pista como un robot y así se comportó mientras sonaba la música. Manuel bailaba muy bien, y si bien no salía con frecuencia a la pista, esa noche lo hizo y, como siempre, exigía que la mujer que lo acompañara estuviera a la altura de lo que consideraba sus pretensiones. La orquesta en algún momento finalizó la ejecución de un tango. Quedaron pendientes en el aire los rumores de voces y risas; Manuel regresó a la mesa con Betina. Todo normal, todo previsible. Por lo menos es lo que creía. Silvia se sentó en su silla y apenas lo hizo Manuel le propinó una cachetada que hasta a mí me dolió. Nadie dijo nada, nadie abrió la boca. Manuel podía permitirse esas licencias porque era Manuel. Betina se levantó sin abrir la boca. Tenía un tapadito barato y una cartera. Estaba sola y sabía que nadie la iba a defender. Se levantó, miró a Silvia que no dijo una palabra y se retiró. Yo solo atiné a acompañarla. No estaba en condiciones de portarme como un héroe, pero tampoco estaba dispuesto a aplaudir ese acto gratuito de crueldad. La abracé y nos fuimos caminando hasta la calle. No hablaba, pero temblaba como un pajarito. Tampoco lloraba, pero había lágrimas en sus ojos. Tres o cuatro taxis estaban esperando pasajeros en la calle. La subí a uno; le di al chofer la dirección del hotel donde se alojaba y le dejé unos pesos para que se cobre el viaje. Nunca más la vi.

Regresé a la mesa. Silvia seguía apoyada en el hombro de Manuel y la orquesta continuaba con sus tangos. Yo no era un santo, pero la cachetada de Manuel a Betina a mí también me dolía. Sin embargo no dije ni hice nada. Yo sabía que frecuentar ese ambiente incluía aceptar todo. Y lo que acababa de presenciar era apenas una minucia.

Lo demás, lo que importa, ocurrió cerca de las cuatro de la mañana, cuatro o cuatro y media. Silvia abrazada a Manuel y nosotros compartiendo copas y hablando pavadas. A Myriam, debo haber sido el primero en verla. Estaba vestida con ropas oscuras y caminaba con esa dignidad y altanería que exhiben algunas mujeres de la noche. Su pelo era negro, la piel blanca, y yo sabía, a pesar de la noche y sus lentes oscuros, que sus ojos eran verdes, como también sabía que alguna vez fue la esposa de Manuel. Una mujer sola en un patio de tango es un escándalo o una anomalía. Myriam no fue la excepción. Todos los ojos la miraron, incluso los mozos y los músicos. Ella cruzó la pista caminando con el porte de una reina y juraría que Manuel también la vio cuando entraba al patio porque lo vi ponerse algo tenso, como se ponía en las situaciones de peligro. Todo fue rápido. No hubo saludos, ni sonrisas. Tampoco abundaron las palabras. Myriam lo encaró a Manuel y ni siquiera prestó atención a mi intento de ofrecerle una silla para que se siente. Cuando ella habló, Manuel seguía abrazándola a Silvia porque sospecho que no sabía qué otra cosa hacer. No fue mucho lo que dijo, pero creo que todo el patio de tango la escuchó. "El pibe se muere", le dijo sin dramatismo, pero con un tono de voz que te ponía los pelos de punta. "Se muere y me preguntó por vos…está en el hospital en la sala 15…te está esperando…por lo menos una vez en la vida portate como un padre". Fueron sus últimas palabras. Se retiró con la misma dignidad con la que había llegado. Myriam siempre fue así: supongo que si hubieran anunciado su condena de muerte, sus gestos y su porte habrían sido los mismos. Lo demás fue muy breve, pero hasta el día de hoy lo tengo presente. Manuel se separó de Silvia, terminó de un trago lo que quedaba de cerveza en el vaso, se paró y a mí me pareció que las piernas le temblaban un poco. No dijo una palabra, ni a mí ni a los otros muchachos de la mesa. No dijo una palabra, pero empezó a caminar detrás de Myriam. Era la primera vez que veía a Manuel caminar detrás de una mujer. Miré al cielo; vi que la luna se escondía detrás de una nube y me acordé de una letra de tango. Cuando Manuel pasó al lado del escenario la orquesta seguía ejecutando un tango, pero la pista estaba vacía.

Yo me dedicaba a observar la comedia humana: los músicos de la orquesta, los mozos con sus bandejas y sus pasos apresurados, los bailarines transpirando ilusiones, los muchachos parados a un costado de la pista fumando y con una copa en la mano.

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