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Los problemas del "consenso"

El consenso, las reformas, las transformaciones, son necesarias pero son el producto de una experiencia compleja de la sociedad y sus dirigentes. 

Los problemas del "consenso"Los problemas del "consenso"

Jueves 2.12.2021
 11:04hs
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Rogelio Alaniz
Por: 
Rogelio Alaniz

I

Las elecciones han dado ganadores y perdedores, pero basta mirar los números para admitir que lo que predomina es un equilibrio de fuerzas. En términos académicos a ese equilibrio se lo calificó de "empate". Y la calificación no es una buena noticia porque el "empate" no equilibra, por el contrario, traba, bloquea y provoca algunos otros perjuicios más. ¿Cómo transformar el "empate" esterilizante en un acuerdo productivo? No lo sé. Aparentemente la fórmula es fácil: sentarse a dialogar, deponer actitudes extremas y arribar a los acuerdos que nos permitan reformar el Estado e iniciar el desarrollo. ¿Tan fácil? Parecería que no. Que aquello que se manifiesta como una elemental verdad de sentido común: sentarnos para ponernos de acuerdo dejando de lado dogmas y certezas ideológicas, es fácil decirlo pero muy difícil hacerlo. ¿Dónde está el problema? ¿En la clase dirigente o en la sociedad? Tal como se presentan las cosas, estaría tentado a decir que en los dos lados: una clase dirigente a la que le resulta muy difícil apartarse de sus "verdades", y una sociedad que tampoco está en condiciones de imponer su sentido común; esas verdades que de tan prácticas y elementales parecería que nadie podría estar en contra. Por ejemplo: discutir menos y hacer más; combatir la pobreza, garantizar libertades, brindar seguridad. Parece tan claro. Que nos gobiernen los más capaces y honestos. Si es posible, los más buenos. ¿Quién puede estar en contra de deseos tan puros? Y sin embargo, parecería que es la propia realidad la que se resiste a hacerlos posibles. ¿La culpa la tiene "la casta", como se dice ahora? ¿La culpa la tienen sectores minoritarios que conspiran en las sombras para precipitarnos en la pobreza, la inseguridad y el miedo? ¿Quién es el culpable?

II

Convengamos que gobernar un país con millones de habitantes es una tarea complicada. Y convengamos que esas complicaciones en la Argentina se hacen más intensas. Si un acuerdo compartimos los argentinos es que el país anda mal. Y anda mal desde hace rato. Unos por emisión y otros por omisión, hicimos todo lo posible para estar donde estamos. Por supuesto que si nos proponemos podemos estar peor. Siempre se puede estar un poco peor en estos pagos, pero lo que la experiencia enseña es que lo peor es siempre más fácil de realizar que lo mejor. ¿Exagero? No tanto. Alguna vez la Argentina fue para el mundo tierra de esperanza. Hoy no lo somos. Alguna vez la Argentina se honró de disponer de una clase media pujante, progresista y de excelente calidad de vida. En las últimas décadas nos hemos esmerado para dejar de tenerla. Hubo un tiempo en que nuestra clase obrera se distinguía por sus niveles organizativos, por su alta calificación profesional y por sus expectativas de movilización social ascendente. Esa realidad hoy es una fantasía del pasado, una nostalgia por un tiempo que se fue. Puede que esta enumeración de desdichas estén un poquito exageradas. Puede que incluso esta evocación del pasado esté endulzada por la nostalgia. Pero en sus líneas gruesas lo que digo es verdad. La Argentina anda mal. Y el desafío que se nos presenta hoy -no mañana- es si vamos a hacer algo para impedir este lento pero seguro naufragio.

III

Consenso. Esa es la palabra que está de moda. Palabra noble, pero como toda palabra que se usa demasiado termina por perder eficacia. La otra palabra es "Transformar". Transformar la sociedad, la economía, la vida cotidiana. En el uso de las palabras parece que estamos de acuerdo, pero a partir de allí todo es confusión, y en algunos casos oscuridad. La otra certeza es ocupar el "centro" de la política. El centro. Ni en un extremo ni en el otro. ¿Importa decir que el centro no es un lugar físico sino un espacio a construir? ¿Importa decir que no hay consenso, transformaciones, ni espacios centristas en abstracto, sino que en todos los casos son construcciones históricas? Pero para ello los consensos son indispensables. ¿Volvemos a lo mismo? Tal vez algunos ejemplos "menores" ayuden a explicarnos. Alguna vez se prohibió fumar en los lugares públicos. La disposición fue discutida. Propietarios de bares y restaurantes protestaron porque decían que no estaban en condiciones de hacer cumplir la ley. Y sin embargo la ley se cumplió. Hoy no se fuma en los lugares públicos. Y el que intente hacerlo, no necesita de un mozo que prohiba porque la gente le exige que cumpla. He aquí un caso de consenso. Una disposición legal que se cumple porque la sociedad arribó al acuerdo tácito de que es necesario cumplir.

IV

Un ejemplo más trascendente. La Generación del Ochenta. Se habla con cierta melancolía de los logros de esa generación. Los más exagerados suponen que los problemas nacionales se resolverían si hacemos algo parecido. La tentación de construir el futuro con las imágenes del pasado. Ahora bien, importa saber que la tal Generación del Ochenta no fue un club de distinguidos caballeros que una noche se reunieron y dijeron: "Nosotros somos la Generación del Ochenta". Los historiadores y cronistas fueron los responsables de este singular bautismo. Porque en la vida real los señores se pasaron la vida riñendo entre ellos. Y a veces reemplazaron las riñas verbales por las riñas armadas. Alberdi, Mitre y Sarmiento, (no son exactamente de la "Generación del Ochenta", pero el ejemplo viene al caso) se murieron sin saludarse después de haber sido grandes amigos. Roca y Pellegrini se pelearon a muerte. Bernardo de Irigoyen detestaba a Quintana. Y Juárez Celman no se cansó de acusar a Roca y Pellegrini de traidores. Y no hablemos de un Figueroa Alcorta que cerró el Congreso para limpiarlo de elementos roquistas. ¿Y entonces? Entonces que había algunas certezas que la clase dirigente y la opinión pública compartían más allá de disidencias. Ese consenso acerca del Estado, la economía y la sociedad no estaba firmado en ninguna parte pero existía, configuraba el sentido común de la clase dirigente.

V

Sin ir más lejos, pensemos que la recuperación de la democracia en 1983 fue un verdadero acto de consenso con proyección histórica. Hubo un liderazgo de Alfonsín, pero para que ello fuera posible fue necesario que la sociedad y sus principales dirigentes compartieran algunas certezas y rechazaran algunos vicios. No fue fácil. Durante más de medio siglo a los argentinos nos parecía muy normal, por ejemplo, que los militares resuelvan las crisis que no sabían resolver los civiles. Así nos fue. También se creyó que ciertas ideas eran tan puras que estaba justificado matar en nombre de ellas. Se mataba de un lado y del otro con el absoluto convencimiento de que era justo hacerlo. En nombre de Dios, en nombre de la revolución o en nombre de la propiedad. Economistas y políticos de derecha y de izquierda; militares y civiles; laicos y religiosos, creyeron que la democracia no era una variable importante para pensar la sociedad y el Estado. Se suponía que lo importante era asegurar el orden o el desarrollo o la libertad económica. Y lo demás vendría por añadidura. Pues bien, en 1983, (de esto hace 38 años) se fundó un nuevo consenso. Tampoco hubo firmas, ni reuniones en los salones de un hotel. La sociedad y sus dirigentes, luego de reiterados y dolorosos fracasos protagonizaron lo que se podría denominar un aprendizaje social. En el caso que nos ocupa, fue necesario el baño de sangre de los años setenta y los fracasos militares y los fracasos de las utopías del "hombre nuevo", para empezar a entender que la democracia no era un adorno o un insumo menor.

VI

Conclusión que, como toda conclusión es parcial e incompleta. El consenso, las reformas, las transformaciones, son necesarias pero son el producto de una experiencia compleja de la sociedad y sus dirigentes. Los nuevos consensos, los proyectos trascendentes se construyen a partir de aciertos y errores y son la consecuencia del agotamiento de experiencias que pudieron haber sido válidas en su momento pero ahora están agotadas. ¿Será posible algo así en la Argentina? Puede serlo. Pero lleva su tiempo y se pagan costos. No hay proyectos nacionales sin estas exigencias. ¿En qué momento la sociedad y sus dirigentes advierten que algo se agotó y algo nuevo esta por nacer? Imposible saberlo con precisión. Los despliegues históricos de la sociedad son demasiados complejos como para predecirlos con un cronómetro.

Consenso. Esa es la palabra que está de moda. Palabra noble, pero como toda palabra que se usa demasiado termina por perder eficacia. La otra palabra es "Transformar". Transformar la sociedad, la economía, la vida cotidiana.

En el uso de las palabras parece que estamos de acuerdo, pero a partir de allí todo es confusión, y en algunos casos oscuridad. La otra certeza es ocupar el "centro" de la política. El centro. Ni en un extremo ni en el otro.

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