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Aquellas casas de estudiantes

Las vivencias estudiantiles de antaño, marcadas por una bohemia única y un sentido de comunidad, contrastan con la realidad actual de una vida académica más fragmentada.

Aquellas casas de estudiantesAquellas casas de estudiantes

Viernes 20.3.2026
 10:37hs
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Rogelio Alaniz
Por: 
Rogelio Alaniz

I

Algunas historias de los años de estudiante tienen el tono de las novelas de Fiódor Dostoyevski; otras, recuerdan la picaresca del siglo de oro español. No faltan historias que se aproximan a los relatos policiales de color negro. Historias diversas que mantienen en común a sus protagonistas: estudiantes.

Chicas o muchachos que, como dijo un filósofo francés, los distingue la pertenencia a una edad y una relación con el saber. Yo añadiría un estilo de vida, con sus bares, sus cines, sus residencias y sus libros. En todos los casos se trata de estudiantes que llegan de otras ciudades, de otras provincias y en algunos casos de países vecinos.

Ese tipo de estudiante hoy no existe, porque no existe el contexto cultural que lo hizo posible. Esa relación entre la edad y el saber en los años sesenta tenía su singularidad. Y aquella "bohemia" de cafetines, peñas, caminatas nocturnas por la ciudad, amoríos con sus secuelas de felicidad y tristeza, de promesas y traiciones.

A Santa Fe llegaban estudiantes de todas partes porque la UNL tenía su prestigio académico, pero -además- porque en el país solo había cinco o seis universidades. Esa presencia de "forasteros" en la ciudad fundaban algo muy parecido a una comunidad o una tribu. Los estudiantes llegaban de lejos y regresaban a sus casas una vez, dos veces al año.

Esta distancia, este vivir como forastero en Santa Fe, incluía ciertas costumbres, la frecuencia de ciertos lugares, la celebración de ciertos ritos. Y una relación con la ciudad que se reducía a cinco o seis manzanas. Allí estaba todo: la facultad, el comedor universitario, los bares y comedores, las casas de los amigos.

No hacía falta mucho más para estar en Santa Fe. Ese modo de vida me temo que se perdió. También desapareció ese estudiante "crónico" que prolongaba sus estudios por diez, doce, quince años. Un estudiante con hábitos singulares: la política, la cultura y ciertos vicios estudiantiles muy de aquellos años, como el naipe y los burros.

II

Mis años de estudiante podrían sintetizarse en el poema de Cátulo Castillo a Homero Manzi: "Fueron años de cercos y glicinas, de la vida en orsay del tiempo loco". Recurro a estos versos para mencionar con detalles dos años de mi vida, dos años de mi vida en una casa. Hablo de mí, de la casa y de los amigos y las amigas que la frecuentaban. Ocurrió alrededor de 1980.

La casa estaba en calle Mendoza, entre San Martín y San Jerónimo. Pleno centro. La garantía del alquiler me la dio un señor que, sin exageraciones, podría calificar como un caballero. Y con el que siempre cumplí, aunque ahora, cuarenta y pico de años después, diría que yo en su lugar jamás hubiera sido garante de un tipo como era yo en 1980.

Balances autocríticos al margen, la casa adquirió una singular identidad en una cuadra cuyos vecinos no estaban habituados a contar con vecinos de nuestra catadura. Continuemos. Era una casa antigua; en sus tiempos seguramente debe de haber sido señorial, como lo probaban las aberturas, los balcones, las puertas, la calidad de los pisos.

Si se cumplieran los deseos de Manuel Mujica Lainez acerca del alma y la personalidad de una casa, me animaría a decir que esta buena señora jamás en su vida imaginó que alguna vez en su larga vida contaría con huéspedes como nosotros.

III

En su mejor momento en esa casa vivimos ocho personas, sin contar novias ocasionales y amigotes que de vez en cuando se quedaban a dormir. Sus habitantes solo teníamos en común la marginalidad, ese regodeo de transitar por las orillas. Había estudiantes, músicos, poetas, algún vendedor ambulante, algún viejo patricio caído en desgracia y uno de los homosexuales más famosos de la ciudad.

En fin... digamos que no faltaba nada ni nadie. Las visitas también eran heterogéneas: intelectuales, militantes barriales, atorrantes y cuenteros, incluso dos chicas de la noche que antes de ir al cabaret dejaban en casa su ropa casera para vestirse con los atuendos que el oficio les exigía. La habitación principal, con un amplio balcón sobre calle Mendoza, era la mía.

El cuarto de al lado lo ocupaba Jorge, entonces con veinte años, rubio, con aires a James Dean y vocación literaria. En una casa de ese temple no podía faltar un peronista. Se llamaba Luis. Veinteañero, divertido y, a diferencia de Jorge, y para honrar su condición de peronista, no tenía un libro en el cuarto. En una pieza del fondo, al que se accedía por una escalera caracol, vivía Agucho.

Su ascendencia patricia la invocaba ebrio y sobrio. En otro cuarto estaba Billy, el que ponía orden en la casa. Billy llegó recomendado por un amigo común. Era agradable y buen mozo, y desde un primer instante se ganó la simpatía de las novias de la casa a las que divertía y halagaba con sus ocurrencias y atenciones. También con sus salidas repentinas.

No me acuerdo quién de ellas mencionó su condición de gay. Le respondió sin sacarse el cigarrillo de la boca y con su voz algo aguardentosa, algo entabacada: "Yo no soy gay, yo soy puto". Después agregó: "Y de los de la guardia vieja, de los tiempos en los que ser puto era un riesgo y para las almas beatas una vergüenza".

IV

A la casa de calle Mendoza llegaban sabiondos y suicidas, locos y cuerdos, alegres y apenados. No sé cómo hacíamos para vivir en esas circunstancias, pero vivíamos. Tito Mufarrege era un visitante habitual. Amigos y amigotes de otras ciudades sabían que en calle Mendoza tenían un lugar donde dormir y compartir un vino.

Nunca voy a olvidar aquellas noches de primavera y verano en el patio, conversando, riéndonos, hablando de Dios y María Santísima porque entonces siempre había muy buenos pretextos para hablar.

El Gallego don Luis de Córdoba (don Luis de Córdoba y del Amos, aclaro), nuestro profesor universitario, miembro de esa suerte de feligresía de profesores españoles que llegaron a Santa Fe después de la guerra civil, era otro de los visitantes habituales.

Por supuesto llegaba haciendo notar su estilo porque don Luis era un estilo, un linaje, un personaje salido de alguna taberna madrileña, de alguna tasca cercana a la Puerta del Sol, donde participaba en esas tertulias en las que la condición inexcusable era discutir y nunca ponerse de acuerdo. Don Luis hablaba como suponemos debe de haber hablado Alfonso Quijano.

Llegaba a la casa, golpeaba la puerta y gritaba desde la vereda a los moradores de la planta alta: "Abran los del castillo". Y algunos de nosotros desde el balcón le preguntábamos: "¿Quién vive?" Y la respuesta de siempre: "Don Luis de Córdoba y del Amos, duque de Liri y marqués de la Ciudad Cordial".

Y la última frase que se perdía en el aire: "Vasallos… bajad los puentes y abrid los pórticos del castillo que el duque de Liri ha llegado". Estábamos todos medio locos. Me imagino qué habrán pensado los vecinos y paseantes de calle Mendoza y San Martín cuando contemplaban esas escenas salidas de la pluma de Miguel de Cervantes, o de Ramón Gómez de la Serna o de Ramón María del Valle Inclán.

V

Hasta mediados de 1981 la casa fue una romería. De mañana, de tarde, de noche y de madrugada. No parábamos. Nunca nos sobraba la plata, pero siempre había recursos para improvisar un asado o una tallarinada. El vino y la cerveza nunca faltaban.

Dije que los visitantes de la casa pertenecían a todos los palos: intelectuales, políticos, desocupados, artistas, cuenteros y "esas chicas mal de casas bien, con esas otras chicas bien de casas mal". Se hablaba de política, de literatura, de teatro y de nuestras propias andanzas nocturnas.

Ese año, 1980, murió Jean-Paul Sartre. Leí la noticia en el diario mientras tomaba un café en el bar La Modelo ubicado en la planta baja de la casa. Y esa noche, más de veinte amigos nos reunimos para celebrar la despedida del maestro. Éramos jóvenes, irresponsables, desmesurados, pero nada de lo que ocurría en el mundo y a nuestro alrededor nos resultaba indiferente.

Vivíamos a mil y seguramente equivocados, pero nos gustaba la velocidad y el riesgo. En esa casa cumplí treinta años. Hubo festejos y una amiga trajo grabado "Poema de octubre", de Dylan Thomas, que se inicia precisamente con "Era el año que treinta cumplía…".

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