Las palabras, aquellas que un adulto le dice a un niño o adolescente, no son tan sólo palabras, ni se las lleva el viento, sino que quedan. Si la palabra fue fea, esta palabra hace daño. Sabemos cuánto, con qué dolor, con qué decepción recuerda un chico la promesa que se le hizo a la ligera y que después nadie cumplió. En la infancia, la palabra tiene valor.


































