“Hay que mirar para arriba, porque el cielo es la mitad del paisaje”. La frase —que Maximiliano Leo Schulz escuchó del astrofísico de CONICET Alejandro Gangy— funciona como una puerta de entrada a su forma de entender el territorio. A comienzos de mayo, cuando los días se acortan y al atardecer aparece esa “mancha violeta” —la sombra de la Tierra proyectada sobre la atmósfera—, el paisaje no sólo se mira: se interpreta. El cielo, las constelaciones como la Cruz del Sur y los cambios de estación marcan también el ritmo del monte y anuncian qué plantas brotan, cuáles se retiran y qué alimentos aparecen disponibles. Esa lectura integral es la base del trabajo de Schulz, quien durante años caminó islas, pedaleó caminos rurales y navegó el río en kayak con una pregunta en mente: cómo volver a conectar a las personas con un territorio que, aún en plena urbanidad, sigue siendo fértil y diverso. Docente durante dos décadas y hoy guía del Parque Nacional Islas de Santa Fe, convirtió ese recorrido en libros, talleres y experiencias colectivas donde las plantas silvestres dejan de ser “yuyos” para transformarse en aliadas de la salud.



































