La escena todavía sacude. Un adolescente ingresó armado a una escuela de San Cristóbal, abrió fuego, mató a un compañero e hirió a otros ocho. El impacto excede el aula: atraviesa familias, docentes y a toda una sociedad que busca respuestas.
Daniela Licciardi (psiquiatra infanto juvenil) explica el rol de los adultos y las señales invisibles que pueden anticipar hechos extremos. Revela la trama previa de violencia, aislamiento y falta de contención.

La escena todavía sacude. Un adolescente ingresó armado a una escuela de San Cristóbal, abrió fuego, mató a un compañero e hirió a otros ocho. El impacto excede el aula: atraviesa familias, docentes y a toda una sociedad que busca respuestas.
En ese contexto, El Litoral dialogó con la doctora Daniela Carla Licciardi, integrante del equipo de Salud Mental Adolescente del Hospital Italiano de Buenos Aires, quien analizó el fenómeno con una mirada clínica y social. Su lectura evita simplificaciones: “No es un hecho aislado, es el emergente de una cadena”.
El hecho violento no comienza cuando se acciona el arma. Para Licciardi, hay una trama previa que muchas veces pasa inadvertida.
“Esto es consecuencia de una cadena de situaciones que exponen a los adolescentes a niveles crecientes de violencia”, explicó. En ese escenario, los llamados “diques de contención” —familia, escuela, adultos de referencia— pierden eficacia.
La adolescencia, de por sí, es una etapa atravesada por cambios biológicos, emocionales y sociales. Pero hoy se suma un factor clave: la aceleración constante. “No hay pausa. Y sin pausa, no hay elaboración”, sintetizó.
Uno de los puntos más inquietantes es la naturalización de ciertas conductas. Entre ellas, el silencio.
“Se hablaba del ‘chico tranquilo’. ¿Por qué eso nos tranquiliza?”, planteó la especialista. Y comparó: “Si un niño pequeño está en silencio, vamos a ver qué pasa. ¿Por qué no hacemos lo mismo con un adolescente?”.
El silencio, lejos de ser calma, puede ser un indicador. La ausencia de conflicto visible no siempre es un dato positivo. “El adolescente necesita un adulto al que oponerse, que tolere su agresión y también la limite”, indicó.
La entrevista pone el foco en el rol adulto. No solo en la familia directa, sino en el entramado social. Licciardi habló de una “cadena de adultos que no funcionamos”. En esa cadena aparecen padres, docentes, entrenadores, referentes. Todos con potencial de detectar señales de alerta.
“El límite no es castigo, es contención”, explicó. Y remarcó que la falta de respuestas adultas deja al adolescente sin herramientas para procesar emociones como enojo o frustración.
En paralelo, aparece la lógica de la inmediatez: todo debe resolverse “ya”. “No hay tolerancia a la frustración. Todo es rápido, efímero. Eso impacta directamente en la construcción subjetiva”, sostuvo.
Otro eje central es el mundo digital y los nuevos lenguajes juveniles. La especialista advirtió sobre situaciones de bullying que muchas veces quedan invisibilizadas. “Está a la vista, pero nadie se detiene a interpretar qué significan ciertos códigos, emojis o dinámicas en redes”, señaló.
El aislamiento también aparece como zona gris. El adolescente busca su espacio, pero el adulto debe seguir disponible. “No se trata de invadir, sino de estar”, aclaró.
El problema es cuando ese encierro se combina con sufrimiento no expresado. Ahí, la falta de intervención puede ser determinante.
Con el hecho consumado, se abre otra etapa: la intervención posterior o “posvención”. No se trata solo del agresor. También de víctimas, testigos y del impacto colectivo. “Hay que trabajar con todos los que quedaron de pie”, explicó Licciardi.
El abordaje incluye espacios de escucha en escuelas y familias. Preguntas concretas: “¿Alguna vez te sentiste solo? ¿Te pasó algo que no pudiste decir?”. Habilitar la palabra es clave.
La especialista también vinculó estos episodios con otro dato alarmante: el crecimiento del suicidio adolescente a nivel global. “Prevenir es hablar antes. Posvenir es intervenir después”, resumió.
Frente a la lógica de la urgencia, Licciardi propone una idea contraintuitiva: frenar.
“Lo revolucionario hoy es la pausa”, afirmó. Detenerse, pensar, no responder de inmediato. Esa lógica aplica tanto a adolescentes como a adultos.
También implica recuperar espacios básicos: la conversación en la mesa, el diálogo sin pantallas, la escucha activa.
“El silencio es ruidoso”, cerró. Y en ese ruido —cuando nadie pregunta— pueden gestarse las peores consecuencias.




