" - ¡No me sale! – se quejó Martina, arrugando la cara - La letra está torcida y el dibujo es feo. ¡No quiero hacer más nada!
" - ¡No me sale! – se quejó Martina, arrugando la cara - La letra está torcida y el dibujo es feo. ¡No quiero hacer más nada!
-¿Qué sentís ahí adentro, Marti? – le pregunté, acercando mi mano a su pecho.
-Mi corazón – dijo categórica - Está latiendo rápido.
-¿Y eso por qué es?
-¡Porque estoy enojada!
-¿Sabés algo? Ahí adentro también está tu alma – le dije - Y ella no sabe de renglones rectos ni de dibujos perfectos. ¿Qué estabas queriendo hacer en ese papel, antes de enojarte?
- A Toto… - susurró - Lo extraño desde que se fue al cielo de los perros. Por eso me enoja querer hacerle una carta y un dibujo y que me salga mal.
-Entonces no es feo lo que estás haciendo, Marti – le aseguré, abrazándola - Es un dibujo con 'extrañitis' – Ella me miró con expresión de asombro - A veces apuramos la mano para que dibuje y escriba perfecto, y nos olvidamos de escuchar lo que el corazón necesita decir. A tu alma no le importa si te salís de la línea o si las letras están torcidas, lo que le importa es el amor que ponés en lo que estás haciendo.
Martina quedó en silencio y pude ver cómo el enojo se iba disolviendo. De pronto miró de nuevo la hoja, la hizo a un lado, buscó otra, agarró una fibra roja gorda y, con una sonrisa pequeña, dibujó un corazón que ocupaba casi todo el espacio. También sonreí observándola en su actitud. No había renglones, trazos ni dibujos perfectos… pero el alma ya se había expresado".
Valorar lo emocional por sobre la ejecución técnica en los trabajos de los niños transforma el sentido del aprendizaje, convirtiéndolo en un espacio de subjetivación por sobre un producto estandarizado.
Para el niño, un dibujo o un texto no son solamente tareas, sino proyecciones de su mundo interno. Al valorar lo emocional, validamos su voz, haciéndole sentir que nos importa lo que siente, y le permitimos la descarga, ya que muchas de sus acciones actúan como mecanismos de elaboración de conflictos. Al enfocar la atención en el "sentir" detrás de la tarea, le damos permiso para canalizar sus vivencias.
Mientras la mirada técnica suele buscar el error para corregirlo, la mirada emocional busca el sentido para comprenderlo. Al quitar la presión de la "perfección", disminuimos el miedo que la posibilidad del error genera. El niño deja de intentar adivinar qué es lo que el adulto pretende que haga y se arriesga a mostrar lo que él mismo es capaz de producir.
En este ejemplo, el error o la "imperfección" en el trazo es, en sí mismo, una manifestación honesta del duelo pues el dolor, a menudo, no tiene formas perfectas. Al priorizar el sentimiento sobre el resultado, la niña aprende que su mundo interior tiene valor por sí mismo, independientemente de la calificación externa. Esto es un antídoto poderoso contra la ansiedad por el desempeño.
La carta y el dibujo funcionan como un ritual de despedida. Al quitarle el peso de la "calidad", el proceso se convierte en un espacio seguro donde ella puede evidenciar lo que siente, sin sentirse calificada ni juzgada. Lo que está dibujando es lo que la unía con su perro, y ese vínculo no necesita ser simétrico ni perfecto para ser real. Facilitarle el permiso para "hacerlo mal" es, paradójicamente, la mejor manera de ayudarla a sanar, pues se le evidencia que el duelo es un proceso de expresión y no de ejecución. Al validar su expresión por encima del resultado, se permite que su tristeza fluya sin filtros, recordándole que no hay trazo incorrecto cuando el objetivo es simplemente decir "te quiero" una última vez. Porque, al final, el amor no se mide por la pulcritud de un trazo sino por la huella que queda en el corazón.





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