Todavía se ven las consecuencias de la prolongada bajante histórica del río Paraná a orillas de uno de sus afluentes, la laguna Setúbal, en las riberas de la ciudad de Santa Fe. La más llamativa de estas consecuencias es la gran vegetación que creció a lo largo de los últimos casi tres años de bajante. Juncos, sauces, alisos y otras especies como chilillos y totoras se arraigaron en el suelo arenoso y arcilloso sobre las costas. Mientras que en el corazón de la laguna también creció vegetación acuática flotante y arraigada: helechitos y redonditas de agua, camalotes y cola de zorro; la que ahora que subió el nivel del río lucha contra la fuerza de la corriente para sedimentar y permanecer, y evitar así ser arrastrada aguas abajo.




































