Todavía quedan resabios de todo lo que se vivió el martes en Atlanta. Las emociones, la locura de los hinchas, el llanto de Messi… Todo fue cinematográfico, digno de un guión de película. Es casi imposible pasar de un estado de desazón, tristeza y resignación casi absoluta, al delirio descontrolado en apenas diez minutos. Fue un estallido penetrante y situaciones que no dejan de ser sorprendentes. Messi llorando como un chico. Alguien que vivió y ganó todo, que tiene más títulos que ninguno y al que la gloria lo eternizará, llorando por haber ganado un partido de octavos de final ante Egipto. ¿Qué fue lo que le pasó?, ¿fue solamente el hecho de haber dado vuelta un resultado que parecía sellado en apenas diez minutos? Quizás Messi vuelva a tener esos desbordes emocionales en lo que queda de torneo y ojalá que sea porque vuelva a levantar la copa. Pero lo que Messi está viendo frente a sus ojos, es el final. Y no quiere que llegue. Pretende prolongarlo al máximo. Pero no solamente porque su “animal competitivo” lo lleva a sentirse en la necesidad de seguir ganando títulos y haciendo historia, sino porque está mirando que la línea de sentencia se acerca, que llegará el momento de decir “basta” y que dejará de hacer –al menos profesionalmente- lo que más le gusta: jugar a la pelota.






































