-Nosotros, cuando llegamos a ese Mundial, habíamos jugado ya un Sudamericano y teníamos más de 30 partidos juntos. Yo me iba los domingos a la noche, después de jugar en Colón, a Buenos Aires y estaba lunes y martes entrenando con César y los miércoles jugábamos contra alguna selección mayor de Córdoba, de Tucumán o algún equipo de Primera… No llegamos con diez días de entrenamiento como pasa ahora, teníamos horas y horas de ensayo, de saber cómo defender, cómo recuperar la pelota, dónde íbamos a presionar, cómo gestábamos las acciones para definir… Y teníamos un as de espadas, que era Diego, que para mí ha sido el jugador de fútbol más grande que he visto… A veces, pensaba que era imposible que pudiéramos perder.