
Según colegas periodistas que lo conocen al venerable Manuel Adorni, desde tiempos no tan lejanos cuando, al decir de Celedonio Flores, "gambeteaba la pobreza en las casas de pensión", el muchacho era un cronista de proyecciones modestas, cuya máxima aspiración en esos tiempos era comprarse con algún crédito oportuno un departamentestado de dos o tres ambientes en barrio Flores. En aquellos tiempos -insisto, no tan lejanos-, el Manu llegaba a su lugar de trabajo en colectivo e incluso hay testigos que juran que más de una vez su vehículo de transporte era la popular y saludable bicicleta. "Los tiempos han cambiado y los cambios son velocísimos", suele ser una consigna usada como coartada para justificar lo injustificable. Los tiempos han cambiado por supuesto, pero la pulsión de enriquecerse en el poder se mantiene intacta desde los tiempos de los sumerios a la fecha. Se ansía el poder por diferentes razones, pero son demasiados los que se instalan en el poder para, en primer lugar, enriquecerse. Enriquecerse y, además, exhibir esas riquezas de manera ostentosa. En nuestros pagos el copyright de esa fórmula exitosa lo ha ganado el peronismo por méritos propios, pero como los hechos se obstinan en demostrar, el peronismo no está solo en esta puja por disfrutar de la buena vida con la plata de los contribuyentes. Adorni es un ejemplo. La pregunta a hacerse en estos casos es la siguiente: ¿Cuántos Adorni hay en el casto régimen libertario? Alguien dirá que no son muchos, pero también hay motivos para sospechar que no son pocos.
La historia enseña que existe unos lujuria, una erótica del poder. Mandar y ser obedecido, ser adorado y temido al mismo tiempo, considerarse situado en una posición más elevada que el resto de los mortales, disfrutar de la admiración de los hombres y de la sensualidad de las mujeres, convencerse de que ha ganado un lugar en la historia, una conquista que se parece a la inmortalidad, vaya que es lindo y tentador. Literariamente se ha dicho que pactar con el poder es vender el alma al diablo; menos poéticos, los politólogos estiman que en el mundo que nos toca vivir el poder es tan inevitable como necesario y peligroso. El remedio: controlarlo, ponerle límites, justo lo que los poderosos de toda laya no quieren. Alguna vez Norberto Bobbio escribió que uno de los rasgos distintivos de todo proceso emancipatorio es achicar la distancia entre gobernantes y gobernados. Justo lo que los poderosos no quieren. El oficio de enriquecerse desde el poder lo han practicado todos. Algunos más, otros menos; algunos lo han hecho con cierta culpa, otros lo han exhibido con impudicia. Algunos han subido al poder por izquierda y después bajaron por derecha; algunos llegaron al poder en nombre de la patria libre justa y soberana pero en lugar de combatir el capital se dedicaron a acumular capital. Hubo y hay de todo en la viña del Señor. Están, por ejemplo, los que prometieron llegar al poder para combatir al Estado y luego se hicieron millonarios gracias a los beneficios del Estado. Adelina de Viola y María Julia Alsogaray, primitos hermanos de los actuales gobernantes, son un ejemplo no anecdótico de esta relación morbosa con el poder, agravado en este caso por la convicción ideológica de ellas de que enriquecerse a cualquier costo es sinónimo de éxito.
La consigna "casta" fue central en la campaña electoral de Milei. Luchar contra la casta fue un mensaje que todos los argentinos entendían con más o menos claridad. Las castas tienen existencia histórica, como la tienen las oligarquías, las cleptocracias, los nepotismos. No estoy en condiciones de asegurar que en Argentina haya castas cristalizadas, pero estoy seguro de que hubo, hay y posiblemente haya comportamientos de casta, esa convicción de que se pertenece al sector privilegiado de los que mandan y por lo tanto todo les está permitido. Incluso compiten y se atropellan entre ellos para escalar posiciones y exhibir poder. Una reunión política en alguna ciudad. El funcionario que llegó con el auto de alta gama más caro es el más reconocido. Están luego los que llegan en avión de línea, pero el más admirado y envidiado es el que llega en avión privado. Los símbolos del poder se extienden a la ropa, a la marca de los calzados y relojes o a la belleza de las damas de compañía de ocasión. Conocí a una colaboradora de una ministra que después renunció porque no pudo explicar qué hacían unos paquetes con dólares en el baño de su oficina. Almorzamos con amigos comunes. Conversamos de muchas cosas, pero solo recuerdo una frase de ella con motivo de si nos trasladábamos a otra oficina en colectivo o en subte. "Yo ya no estoy para viajar en transporte público", exclamó con tono airado la compañera que un año antes, como el personaje del tango se permitía decir: "Yo recuerdo, no tenías casi nada pa ponerte…". El poema podemos hacerlo extensivo a Manuel Adorni. El tampoco parece que ya no está para viajar en transporte público, entre otras cosas, además, porque el pobre se "desloma" trabajando, por lo que le corresponde el derecho sagrado de ser acompañado por su mujer que aliviaría el impiadoso régimen de explotación al que es sometido.
Otro rasgo de casta: ignorar las condiciones de vida de la gente común. Ignorarlas o ser indiferente a ellas. Como el personaje de una célebre "Marchita", Adorni intenta convencernos de que él es también "el primer trabajador". Mientras tanto. viajan a Nueva York, se alojan en un hotel de cinco estrellas con suites cotizadas en 3500 dólares la noche, cuando a mí me consta que por 350 dólares te podés instalar en un hotel con todas las comodidades. Y esto lo digo yo, que cuando viajo a Nueva York me alojo en un hotelito de 80 dólares, con baño privado, cama y escritorio, ventana desde donde distingo a media cuadra las oficinas del New York Times y desayuno con tostadas, tocino, huevos, queso y salmón ahumado. Apetitoso y digno desayuno para funcionarios de un país cuyo presidente ha dicho que "no hay plata" y se jacta de estar protagonizando con la motosierra uno de los ajustes más "exitosos" del planeta. Pero Adorni y los hermanitos Milei van a un hotel de 3600 dólares la noche, precio que como a ellos les gusta decir, lo pagan "con la nuestra". Delicias del poder. El muchacho que iba a trabajar en bicicleta ahora disfruta, él y su familia, de las noche de carnaval en Punta del Este, donde se traslada en avión privado que pagó el Estado o algún empresario o lobista influyente del Estado. Y pensar que Illía echó de la Casa Rosada a un gerente de una automotriz extranjera que pretendió regalarle un auto. Y pensar que alguna vez, conversando con Rogelio Frigerio, me contó como al pasar que con Frondizi más de una vez viajaban a EEUU en avión de línea, una decisión que a Manuel le hubiera parecido extravagante y bobalicona, como también supondrá que Illía, el presidente que cuando lo sacaron del poder era más pobre que cuando llegó, estaba atacado por un virus o decididamente era un incorregible incompetente.
Vamos a Medio Oriente. Daría la impresión de que la teocracia de fanáticos es un hueso más duro de roer de lo que parecía al primer golpe de vista. Como ya es costumbre en él, Trump se fue de boca, fanfarroneó que al régimen se lo comía crudo de un bocado, a pesar de que los funcionarios del Pentágono le advirtieron que se metía en un baile complicado, por lo que lo más saludable era algo así como "toco y me voy". En lo que a mí compete, ni una lágrima por el destino de los ayatolas carniceros y sus guardianes siempre dispuestos a financiar operativos terroristas en el mundo, y siempre con el pulso firme para martirizar mujeres y asesinar estudiantes que osen disentir con sus designios sagrados. Que los ayatolas y sus esbirros retozen juguetones en las praderas de Alá, pero lo que no puedo ni quiero digerir es la muerte de más de 150 niñas en una escuela. No hay atenuantes ni coartadas verbales. Tampoco pretenden conformarme con el consuelo de "los daños colaterales", entre otras cosas porque el horror imperdonable de toda guerra son precisamente los "daños colaterales".




