Aquí se abren diferentes caminos y posibilidades. Para citar solo dos, te diría que hay quienes no pueden evitar la comparación con las personas con quienes sus parejas estuvieron antes. En varones esto es bastante común, sobre todo cuando se establece una rivalidad viril. Lo que no deberían dejar de tener en cuenta es que este paralelo debilita la relación actual, porque si nuestra pareja se separó de la persona con la que nos medimos, la competición va reforzar rasgos de los que probablemente nuestra pareja se desenamoró. Por mirar al otro, podemos dejar de ver a quien amamos y quizás así dañamos el vínculo. El modelo de esta rivalidad son los celos por el padre de la pareja, aquel que pudo ser un primer amor y a quien quizá nunca deje amar. Esta idea me resulta atractiva: ¿por qué yo esperaría que mi pareja haya dejado de amar a su ex (y pongamos al padre en esa lista de los ex)? Me explico mejor: entiendo que su amor por mí hace que me prefiera, que quiera estar conmigo, entonces ¿por qué albergaría la pretensión de que no ame a nadie más, que ni siquiera le quede un dejo de amor respecto de sus relaciones anteriores? Es más, podría querer que odie a sus ex, pero –por poner otro ejemplo, uno común: alguien empieza a estar en pareja con una persona que se lleva bien con un ex con el que tuvo hijos– ¿podría pretender que mi pareja odie al padre, ahora ya no al propio, sino al de sus hijos? ¿Desde qué posición personal podría alimentar una intención semejante?