Hace un tiempo me pasó algo bastante peculiar. Aunque, pensándolo mejor, quizás peculiar no sea la palabra. Fue uno de esos acontecimientos pequeños que duran apenas unos minutos y, sin embargo, se quedan dando vueltas dentro de uno durante días.
Reflexiones sobre la extraña tranquilidad de vivir con la frente alta. "Prefiero equivocarme intentando hacer lo correcto que acertar mirando hacia otro lado", dice el autor.

Hace un tiempo me pasó algo bastante peculiar. Aunque, pensándolo mejor, quizás peculiar no sea la palabra. Fue uno de esos acontecimientos pequeños que duran apenas unos minutos y, sin embargo, se quedan dando vueltas dentro de uno durante días.
Vi a un hombre maltratando a su hijo. Pegándole. No había demasiado que interpretar ni demasiadas versiones posibles. Un adulto estaba golpeando a un chico y yo estaba allí. Intervine. Y lo curioso fue que, al final, quien parecía haber hecho algo incorrecto era yo. Me quedé pensando mucho en eso.
En esa extraña inversión moral que algunas veces ocurre en nuestro tiempo, donde quien observa prudentemente parece sensato y quien se mete donde supuestamente nadie lo llamó termina convertido en incómodo. Tal vez hubiese sido mucho más sencillo continuar caminando. Mirar hacia otro lado.
Convencerme de que era un asunto familiar. Repetirme alguna de esas frases que hemos inventado para tranquilizar la conciencia cuando la conciencia comienza a molestarnos. Pero seguí sin poder hacerlo. La mujer que acompañaba a aquel hombre se mostraba profundamente avergonzada por lo sucedido.
Pertenecía además a un ambiente de fuertes convicciones religiosas, algo que volvió todavía más desconcertante la escena para mí. Esperaba quizás una reacción, una palabra, un gesto, cualquier pequeña señal capaz de detener aquello. Tampoco ocurrió. Entonces recordé una frase de mi abuela.
Ella, con esa filosofía doméstica que algunas abuelas poseían, sin haber leído demasiados tratados, decía que había personas que "comían santos y cagaban diablos". Era brutal para decirlo. También extraordinariamente precisa. Y automáticamente pensé en el cielo. Pensé en esa idea que nos acompaña desde hace siglos: vivir de determinada manera para merecer algún día una recompensa.
Un pequeño lugar en alguna eternidad prometida. Una parcela celestial adquirida mediante buena conducta, rituales, arrepentimientos y obediencias. Y descubrí algo que quizás sea una herejía bastante personal: ¡Ya no quiero ir al cielo! Al menos no quiero llegar allí de esa manera. Si para conseguir mi pedacito de cielo debo aprender a mirar hacia otro lado, prefiero perderlo.
Si debo callarme para evitar problemas, que se lo quede otro. Si debo aparentar bondad mientras tolero tranquilamente el sufrimiento que ocurre delante de mí, entonces aquel cielo empieza a interesarme bastante poco. La moral que me interesa sucede acá. En la vereda. En una casa. En nuestro trabajo.
En la universidad. Con nuestros hijos. Con nuestros empleados. Con alguien que necesita ayuda. Con aquel que jamás podrá devolvernos el favor. Incluso con aquel que probablemente nunca se entere de que alguna vez hicimos algo por él. Allí comienza, para mí, la verdadera dimensión moral de una persona.
Immanuel Kant construyó buena parte de su filosofía alrededor de una idea extraordinaria: existen actos cuyo valor moral reside precisamente en hacer aquello que consideramos nuestro deber, independientemente del beneficio que podamos obtener de ello. Mucho antes, Aristóteles había comprendido la virtud como una práctica: somos aquello que hacemos repetidamente.
Y siglos después Emmanuel Lévinas colocaría el rostro del otro delante de cualquier teoría: la presencia del otro vulnerable ya constituye, de alguna manera, una responsabilidad. Tres épocas distintas. Tres filosofías diferentes. Una intuición compartida: la ética necesita abandonar alguna vez los libros y convertirse en conducta. Quizás allí esté el problema.
Todos somos bastante buenos hablando del bien. La dificultad comienza cuando el bien incomoda. Cuando defender a alguien puede traernos consecuencias. Cuando decir la verdad puede hacernos perder una amistad. Cuando sostener una convicción puede costarnos dinero. Cuando proteger a alguien significa enfrentarnos con otro. Cuando ayudar requiere tiempo.
Cuando ser justo perjudica nuestros propios intereses. Cuando aquello que decimos creer finalmente golpea nuestra puerta y nos pregunta cuánto estamos dispuestos a pagar por ello. En esos momentos desaparecen los discursos. Quedamos nosotros. Solos frente a nuestra conciencia. Y creo que esa pequeña intimidad constituye uno de los pocos tribunales verdaderamente importantes de una vida.
Con los años he comenzado a desconfiar de las personas excesivamente preocupadas por demostrar que son buenas. También he aprendido a desconfiar de mí mismo cuando siento esa tentación. La bondad exhibida corre siempre el riesgo de transformarse en una representación. Necesita espectadores, reconocimiento, pertenencia. La ética, en cambio, muchas veces sucede cuando nadie mira.
Por eso las creencias religiosas me interesan mucho menos que las consecuencias humanas de esas creencias. Una persona puede creer en Dios y construir una vida extraordinariamente generosa. Otra puede no creer absolutamente en nada y dedicar su existencia a cuidar a los demás.
Ambas merecen mi respeto. Entonces, quizás la pregunta fundamental nunca haya sido en qué creemos, sino qué clase de persona producen nuestras creencias. Y aquí la cuestión excede completamente a la religión.
También existen ateos hipócritas, intelectuales miserables, progresistas intolerantes, conservadores sin compasión, empresarios generosos, sacerdotes extraordinarios, profesores mezquinos y personas completamente anónimas capaces de una bondad conmovedora.
Ninguna etiqueta garantiza demasiado. La condición humana es bastante más compleja. Por eso prefiero hablar de actos. He conocido personas que jamás pisaron una iglesia, pero estuvieron presentes cuando todos los demás desaparecieron.
Personas que compartieron aquello que apenas tenían. Personas que cuidaron durante años a alguien enfermo. Personas que defendieron a un desconocido. Personas que pagaron, sin publicarlo, una deuda ajena. Personas que dieron trabajo cuando hubiese sido económicamente más conveniente despedir.
Personas que escucharon durante horas simplemente porque alguien necesitaba hablar. Probablemente ninguna estatua recuerde sus nombres. Pero sostienen el mundo. Lo sostienen mucho más que aquellos que proclaman grandes principios mientras esperan que otro se encargue de practicarlos.
También he cometido errores. Muchos. Seguramente volveré a cometerlos. Algunas veces habré juzgado demasiado rápido, otras habré intervenido cuando quizá hubiese sido mejor esperar, y seguramente existieron situaciones en las que debí actuar y no tuve el coraje suficiente. Una moral verdadera también necesita aceptar esa fragilidad.
Vivir con principios jamás debería convertirnos en jueces permanentes de los demás. Prefiero que mis principios funcionen como exigencias hacia mí mismo. Ahí cambia todo. Ya no necesito preguntarme permanentemente qué deberían hacer los demás. La pregunta se vuelve bastante más difícil: ¿qué voy a hacer yo?
Eso sí depende de mí. Quizás por eso aquella escena me afectó tanto. Porque durante unos minutos puso delante de mí una elección extremadamente sencilla. Podía continuar mi camino o podía intervenir. Intervine. Después llegaron las explicaciones, las incomodidades, las miradas y seguramente también algún juicio sobre mi conducta.
Pero esa noche pude acostarme sabiendo que, frente a aquello que consideraba incorrecto, había hecho algo. Eso alcanza. No me convierte en santo. Tampoco quiero serlo. Quiero simplemente llegar algún día al final de mi vida y reconocer al hombre que llegó hasta allí.
Imagino ese momento cada vez con menos miedo. Una vida estará detrás de mí. Habrá acontecimientos maravillosos y otros que hubiese preferido evitar. Estarán mis aciertos y mis errores, las personas que amé, aquellas a las que pude ayudar, las que me ayudaron a mí, las oportunidades aprovechadas y seguramente algunas desperdiciadas.
Habrá heridas, alegrías, pérdidas, construcciones, palabras dichas a tiempo y otras que llegaron demasiado tarde. Una vida entera. Y quisiera poder mirar hacia atrás con la frente alta. No porque haya sido impecable, sino porque habré intentado ser coherente.
Tal vez esa sea mi forma actual de entender la moral: la distancia que existe entre aquello que decimos valorar y aquello que hacemos cuando esos valores nos cuestan algo. Cuanto menor sea esa distancia, más tranquilos podremos caminar. Vivimos tiempos extraños. Todo parece necesitar una respuesta inmediata.
Opinamos inmediatamente, condenamos inmediatamente, admiramos inmediatamente, olvidamos inmediatamente. Construimos identidades enteras alrededor de aquello que mostramos. Pero una vida humana continúa teniendo una velocidad mucho más antigua.
El carácter todavía necesita años. La confianza necesita tiempo. La generosidad necesita repetición. La dignidad necesita decisiones. Y la conciencia se construye lentamente, acto después de acto, durante toda una existencia. Por eso he dejado de preocuparme demasiado por mi lugar en el cielo. Si existe, espero que tenga sus propias reglas.
Si alguna vez llego hasta su puerta y alguien me pregunta qué hice para merecer entrar, probablemente tenga muy poco para mostrar. No llevo una contabilidad de buenas acciones. Tampoco creo que la vida funcione de esa manera. Podré decir solamente que lo intenté. Que algunas veces acerté y otras me equivoqué. Que amé cuanto pude.
Que ayudé cuando estuvo a mi alcance. Que defendí aquello que consideré justo incluso cuando hacerlo resultaba incómodo. Que pedí perdón cuando comprendí que había lastimado. Que intenté dejar un poco mejor aquello que alguna vez pasó por mis manos. Y que cuando vi a alguien vulnerable frente a mí, procuré recordar que también era asunto mío.
Después podrán decidir. Porque, pensándolo bien, quizás durante todos estos años estuvimos imaginando el cielo demasiado lejos. Quizás el único pedacito de cielo que realmente podemos construir sea este breve espacio que existe entre nosotros mientras estamos vivos. Y para ese, todavía estamos a tiempo.





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