Esa tarde hacía mucho, mucho calor. La pieza, que era medio chica, resultaba inadecuada para tanta gente. Algunas mujeres cebaban mate para amortiguar la traspiración. Otros habían traído gaseosas, que corrían de mano en mano.
La comunidad se unió para construir un terraplén que protegiera sus hogares de las inundaciones. El esfuerzo compartido se convirtió en una epopeya local de solidaridad y trabajo conjunto, desafiando el escepticismo inicial de algunos vecinos. Al final, el terraplén resistió las lluvias y la celebración fue un símbolo de triunfo colectivo.

Esa tarde hacía mucho, mucho calor. La pieza, que era medio chica, resultaba inadecuada para tanta gente. Algunas mujeres cebaban mate para amortiguar la traspiración. Otros habían traído gaseosas, que corrían de mano en mano.
- ¿Y si nos reunimos afuera, debajo de los árboles? Dijo el secretario de la vecinal.
La gente se miró como tratando de trasmitirse el pensamiento.
- ¡Vamos, nos vamos a sentir mejor! Dijeron algunos.
- ¡Algo de aire siempre corre! Dijo otro.
Como no alcanzaban las sillas, algunos se sentaron en el suelo.
- ¡Total, para hablar no es necesario estar de pie! Dijo un viejito que se había acomodado debajo de un urunday.
Don Gómez, presidente de la vecinal, oficiaba de coordinador. Se acomodó el pelo con la mano y comenzó a explicar:
- Todos saben para qué estamos aquí. Con el asunto de las posibles inundaciones, es importante que alteemos el terreno o hagamos una defensa que nos proteja del agua. Levantar el terreno sería como hacer otro barrio, por eso lo más práctico sería hacer un terraplén.
- Me parece que lo del terraplén es una buena idea. Dijo doña María, una señora mayor con el mate en la mano.
- La doña tiene razón. Si somos muchos los que trabajamos lo podemos terminar en una semana. Dijo un jovencito que se atrevió a hablar.
- ¡Pero esto es mucho laburo, compañeros! Con carretillas no vamos a terminar nunca y el agua nos va a volver a entrar. Dijo un colorado desde lejos.
Nuevamente don Gómez tomó la palabra para decir:
- Yo anduve por la Municipalidad y me prometieron que nos mandarían alguna retroexcavadora o una pala mecánica. De cualquier manera, vamos a necesitar carretillas para acomodar la tierra y los escombros que consigamos.
Un morocho con cara de desconfiado, que estaba sentado en el suelo, dijo:
- Perdonen, no, pero a mí me parece un trabajo al pedo.
- ¿Qué dijiste mocoso? (dijo el viejito que estaba apoyado en el árbol). Al terraplén tenemos que hacerlo para parar el agua. La Muni nos tendrá que ayudar, y cada uno de los varones que sean guapos, tendrán que conseguirse una carretilla y una pala, y si no la consiguen que se la fabriquen.
La gente largó una carcajada y se oyeron algunas voces: "¡Vamos, ese abuelo todavía!" Todos aplaudieron. Y el abuelo, entusiasmado por los aplausos siguió diciendo:
- Además las cosas no nos caen desde el cielo, ni nos las regalan, a las cosas las conseguimos con nuestro laburo y esfuerzo. Y con la ayuda de Dios, claro.
La gente volvió a aplaudirlo. Y entonces, más animado que nunca, se paró y dijo:
- ¡Y propongo que ya se comience a pensar en todo!
Cuando terminaron los aplausos, los vivas y las carcajadas, el coordinador, con voz ronca de autoridad, dijo:
- Bueno, ya que todos estamos de acuerdo, propongo que se arme una comisión que piense los detalles con los ingenieros y agrimensores, y nos traiga la propuesta a esta Asamblea para decidir lo que corresponda.
La algarabía fue general y no alcanzaron ni los mates ni los termos para calmar las ganas de hacer algo. Y así empezó la historia del terraplén. Un lunes frío, a media mañana, se comenzó a trabajar. Una hilera incontable de hombres con carretillas iban y venían como hormigas, amontonando la tierra que traían los camiones adentro de los contenedores.
Otro grupo cementaba y apisonaba la tierra. Las mujeres ayudaban con baldes y los más chicos acercaban las tablas necesarias. En un par de semanas el terraplén ya mostraba su esplendor arquitectónico. Y los profesionales lo vigilaban muy de cerca, sabiendo que estaban en una tarea de responsabilidad solidaria.
Había que parar el agua que se venía y darle salida a las lluvias. Entonces la tarea comunitaria tomó rango de epopeya. Al calor humano del trabajo, se le sumaba una atmósfera de alegría colectiva. El que no canturreaba, silbaba o tarareaba lo que le salía. En los espacios libres, los chicos improvisaban picadas con una pelota de goma o jugaban a la mancha con las chicas.
Todo era alegría, nadie se quejaba. Al caer la tarde, se juntaban en los bares que estaban frente a la plaza y en los bancos de material debajo de las ligustrinas. Se contaban chistes, historias de aparecidos, se reían, se cantaba.
Pero una noche, poco antes del descanso, vieron que un hombre vestido de negro, con lentes ahumados y un pañuelo rojo al cuello, cruzaba el barrio e iba para el terraplén.
- ¿Y ese fulano? Preguntó el Pocho.
- No sé. Dijo don Gómez.
- Vamos a seguirlo.
El hombre de negro subió el terraplén y se quedó mirando. Los cuatro o cinco que lo siguieron le preguntaron.
- ¿El señor desea algo?
- No, estaba mirando nomás.
- ¿Y qué le parece?
El hombre de negro gesticuló una sonrisa y dijo:
- Me hace acordar a la Torre de Babel.
El Gordo Godoy, canchero él, le aclaró, por si las dudas:
- No es una torre, señor, es un terraplén para que no pase el agua de las lluvias y nos inunden las casas.
- Decía que me hace acordar a la Torre de Babel, porque fue un trabajo similar a este y nunca se terminó. Dijo el desconocido.
- ¿Y por qué no se terminó? Preguntó con énfasis el Gordo.
- Porque se peleaban entre ellos. No se ponían de acuerdo, no se entendían lo que hablaban. Cuando muchos piensan y opinan, no se llega a nada.
- Perdone, señor, pero nosotros nos pusimos de acuerdo y vamos por buen camino. El terraplén ya tiene ochenta centímetros y vamos a llegar a un metro cuarenta.
- No creo que lleguen.
- Disculpe, señor,… aquí nadie le preguntó opinión, así que le pedimos que se retire.
El hombre de negro vio que estaba en desventaja, giró sobre sus talones y sin saludar, enfiló hacia la oscuridad. De pronto se dio vueltas y gritó:
- ¡No lo van a terminar, hay muchos vagos entre los que opinan! Va a pasar como en Babel. ¡Ja,ja,ja!
Los hombres quisieron reaccionar pero el sujeto había desaparecido en medio de la oscuridad. El Gordo husmeó el aire y dijo:
- ¿No sienten un olor como a azufre?
Después de un momento, todos asintieron. Al día siguiente el suceso corrió de boca en boca y fue motivo de risas. La gente siguió trabajando, incluso más que antes, y en pocos días llegaron al metro cuarenta de altura.
A la noche, cuando estaban juntando las herramientas para ir a tomar una copa, o un mate, el cielo se llenó de nubes oscuras y comenzó a tronar. La lluvia no tardó en llegar y con ella los temores.
- ¿Aguantará el terraplén? Preguntaron varios.
- Sí, va a aguantar. Dijo seguro don Gómez.
Y se fueron a dormir. Llovió toda la noche. Con las primeras luces del día los vecinos comenzaron a acercarse al terraplén para ver lo sucedido.
- ¡Aguantooooooo!!! Gritó el primero que llegó, después de unos minutos de suspenso.
- ¡Sí! ¡Sí! ¡Aguantó! ¡Aguantó!!! Gritaron eufóricos los vecinos que venían detrás.
Entonces se abrazaron y se besaron. Le habían ganado al agua, y al "mal agüero", con el esfuerzo de todos: varones, mujeres, jovencitos. Y esa noche se organizó una velada. Se bailó chamamé y cumbia. Un grupo de chicas hizo tortas fritas que estaban más ricas que nunca. Y don Gómez salió caminando hacia la plaza para que no le vean los lagrimones de alegría.





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