Ocurre que Cabrera tenía un rango señaladamente superior al de Garay. Francisco Álvarez de Toledo, quinto virrey del Perú, lo había nombrado gobernador del gran territorio del Tucumán, Juríes y Diaguitas, designación que blandió ante el capitán vasco, que sólo contaba con el mandamiento del provisorio teniente de gobernador asunceño, Martín Suárez de Toledo. Cabrera aspiraba a extender su jurisdicción hasta la ribera del Paraná, porque su plan incluía, luego de consolidar la posta fluvial de San Luis, la refundación de Buenos Aires como antesala del Atlántico, vía náutica que reducía sustancialmente los costos logísticos de la comunicación con España. Su esquema geoestratégico se sobreimprimía al plan de Garay, impedido de explicitarlo en esa tensa circunstancia. Pero el vasco improvisa una jugada que Agustín Zapata Gollán califica como la primera mentira política en el Río de la Plata (aunque seguramente hubo anteriores en la convulsa Asunción del Paraguay). Le dice al andaluz que ya había fundado una ciudad aguas arriba, en virtud de los derechos que, sobre la cuenca, el rey Felipe II le había otorgado al tercer Adelantado del Río de la Plata, don Juan Ortiz de Zárate, su pariente, quien en ese momento navegaba desde España con su armada.