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OPINIÓN

Por Estanislao Giménez Corte

Letanía para el que no puede volver

Letanía para el que no puede volverLetanía para el que no puede volver

Viernes 11.3.2022
 13:45
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Por Estanislao Giménez Corte

I

Aun a riesgo de acometer una imprudente generalización, quizás coincidiremos, lector, en decir que cierta imaginación de la literatura occidental se erige sobre, desde y hacia la construcción de una figura prototípica, que funciona a la vez como deseo a imitar, modelo de admiración y proyección de rasgos y atributos –belleza, valentía, inteligencia, fuerza– de los que carece el resto disperso en el ancho mundo.

Estas potencias en circulación se materializan y concentran en la carnadura del héroe clásico que asume su condición por una suerte de acumulación de talentos, inoculando como al pasar una excepción a la maravillosa frase que leemos en La Ilíada: "Los dioses no dan juntas las virtudes"; máxima que justamente alude a la rareza en la distribución (de dones) que ostentan los distintos.

Así el héroe es el que reúne las condiciones en una suerte de summa; símbolo del que está en el centro de la escena; cuerpo del que emprende acciones imposibles; voluntad del que consigue forjar, en la faena, un cambio de dimensiones en su entorno. Hacedor, finalmente, de una obra que lo excederá en el tiempo y en el espacio. El héroe es, además, quien observará cómo su nombre deja de ser su nombre para migrar en un adjetivo, nominación que deviene calificación, iluminación y descripción debido a lo que éste hizo. El pasaje aludido, que dibuja una elipse, opera como una señal inequívoca de alguien que de una forma reconocible y única ejecutó una acción e inventó un estilo y lo convidó en la tierra yerma; alguien que imprimió a otros su facultad como marca distintiva. Algo entonces será borgeano, o dylaneano, o fellinesco. O freudiano, o maradoneano o arltiano.

II

Desde Odiseo/Ulises a la leyenda del héroe-tipo que reproduce Freud; desde el Philip Marlowe imaginado por Chandler a un Maradona bien real, la historia, las ficciones y las ciencias sociales trabajan fuertemente a partir de la aparición de la figura heroica; o tratan de explicar su rol en las sociedades; o pretenden auscultar en la fisonomía del que se destaca en la muchedumbre, como quien busca largas explicaciones en un gesto ocasional y espontáneo que, aunque mínimo en el momento, puede cambiar a la postre el curso de las cosas. A menudo, por supuesto, el héroe no sabe lo que hace. Ejecuta una acción que lo trasciende, eventualmente sin mensurar o desconociendo los alcances de su empresa; imposibilitado de comprender de manera cabal lo que le sucede al otro con lo que él proyecta. Algo similar sucede entre el creador y los críticos; y entre los artistas y los académicos. Pero, además, la industria cultural inventa, busca, difunde, propone la identificación y aún la imitación de la figura del héroe, como norte que se construye, elevado, entre la chatura y el gris en que cavilamos.

El carisma, el magnetismo personal, la seducción y el talento de íconos diversos han hecho una historia basada en parte, opino, en las tradiciones narrativas clásicas. Aunque, en el "sistema de la moda" actual, puede observarse una dosis de afectación, de fingimiento y de teatralidad a menudo payasescas. Lo dicho, todavía, permite una vuelta de tuerca: la figura del héroe clásico encuentra su círculo perfecto, su más acabada forma, en el regreso; o, mejor dicho, en la concreción de un regreso largamente esperado y descripto, contado durante la espera, en el tiempo moroso en que la figura es objeto de melancolía y, por ello, en sujeto de mitificación (Lévi-Strauss, el propio Freud y Roland Barthes, entre otros, estudiaron largamente estos fenómenos).

El héroe es, esencialmente, alguien que vuelve: vuelve de la muerte, de una travesía, de un éxodo, del destierro, del anonimato, de los excesos, del olvido, de una empresa imposible (o, bien, se inmola en ella). Esta idea, la del héroe que retorna, nos llevaría sin más hasta la leyenda bíblica del hijo pródigo. Desde el Éxodo tropezamos en el decurso con obras que cuentan no otra cosa sino la parábola del que parte y del que, transformado, vuelve. Allí están, en el cambalache antojadizo del recuerdo, el Le Pera que "adivina el parpadeo"; el Rilke para quien "la patria es la infancia"; el Wilde que, en su maravilloso Retrato, le hace decir a Dorian Gray que "no hay absolutamente nada en el mundo excepto la juventud"; el Joseph K. que quiere volver a su vida de antes, quiero decir, antes del absurdo en que ha quedado detenido; el fugitivo que, en la isla que proyecta figuras en el aire, quiere recuperar el amor de Faustine.

III

En "Moisés y el Monoteísmo" (1938), Freud, con prosa exquisita, discute el rol de la religión en las sociedades; numerosas veces alude a la obra El mito del nacimiento del héroe (1914), de su otrora discípulo Otto Rank. Las dificultades en la concepción y el parto; la anunciación de la venida; las enemistades que asimila éste (el héroe), desde antes incluso de su llegada, se reflejan en la denominada "teoría tipo", allí elaborada. Sobrevuela a aquellas condiciones para la heroicidad, basadas fundamentalmente en los mitos tradicionales (y por extensión relacionadas con la noción de héroe en cualquier circunstancia), una misma consideración general sobre los grandes hombres: aquellos que se destacan, que se imponen, que consiguen modificar el orden de las cosas ("Un héroe es quien se ha levantado valientemente contra su padre, terminando por vencerlo", ha escrito Freud) portan consigo una naturaleza y una existencia esencialmente trágica.

El héroe lo es en tanto cumple una misión, en muchos casos, inmolándose; está destinado a morir y/o a sufrir horriblemente porque la naturaleza de su misión conlleva, inherente, la destrucción de cimientos muy arraigados pero -paralelamente- el desfallecimiento de sus energías. El triunfo del héroe, así, es más el triunfo de los que lo sobrevivirán (y que lo ungirán como mito): da muerte al status quo, pero éste lo mata, a la vez.

IV

Los héroes contemporáneos, luminarias multiplicadas por el crecimiento exponencial de los medios electrónicos, son asumidos por el público, no ya con la entidad pura de los mitos clásicos, leves y etéreos en una percepción colectiva quizás equivocada, sino con una secular consideración: en tanto seres convencionales, son iguales a cualquiera en la caída (atormentados, enfermos, adictos, corruptos); pero, a diferencia de todos, ostentan algunas excepcionalidades que parecen justificarlo todo. El héroe, en virtud de esa diferencia, cuestiona, pelea, colisiona, cae y se yergue; se enloda o toca el firmamento, todo el tiempo, en tiempo real, simultáneo, inmediato.

Su praxis ocurre en una dirección irregular: traza un movimiento de la gloria al ostracismo y de allí puede venir el retorno a las luces. Eventualmente surgido de la pobreza, marginal y talentoso por igual, pareciera tocado lo mismo por el genio que por la desmesura, en un tránsito esquizofrénico que acaso corta la vida tempranamente; tragedia que, una vez más, funcionará para engrandecer la sombra que deja sobre los que lo siguen en la pesquisa.

Pero su flagelación, su autoflagelación, concluye con el cumplimiento de un mandato que pareciera por momentos ultraterreno: es la idea, hermosa y literaria, de que ciertos seres son tocados o iluminados por una luz que los devora en poco tiempo. Eludido de súbito el ocaso, el héroe pugna, sin saberlo, por administrar la carga en la carrera: como el látigo que describía Capote en el extraordinario prólogo a Música para camaleones: "Luego, un día, empecé a escribir, sin saber que me había encadenado, de por vida, a un amo noble pero despiadado. Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación". El héroe clásico quiere ejecutar y regresar de una empresa extraordinariamente compleja, extramuros, atravesada por la noción de aventura; el héroe contemporáneo, pareciera, lucha con sus demonios intestinos en un descenso sobre su yo. Lo que podríamos llamar un trayecto interno.

El héroe es, además, la personificación estética de parte de una generación y de un momento en el tiempo: es quien empatiza con unas personas y que asume una carga inmemorial, asumiendo la proyección de unos deseos sobre su persona, muchas veces equivocados. Con todo, ninguna explicación será suficiente: quizás sólo podemos decir que funciona entre el héroe y el vulgo un halo de fascinación en expectativa creciente, sin mayores explicaciones que el embrujo en que nos sume una presencia o el dolor que experimentamos ante una ausencia. La brevedad (de una vida, de una época, de un éxito) contribuye a la ampliación de la figura. Recordemos el mito necrológico tan caro a la percepción de todos, porque hay allí la suposición generalizada de lo que podría haber sido y de lo que podría haber hecho esa persona.

V. Coda a modo de soliloquio

Entonces ¿es posible volver? ¿No? ¿A nada? ¿Nunca? La historia de un regreso cualquiera semeja, muchas veces, la de un aparecido en el sitio incorrecto, en el instante equivocado; ánima dejando inútilmente la carne en un episodio cuasi burlesco de destiempo. Pisamos con estos mismos pies, de nuevo, la tierra en donde ayer estuvieron nuestras huellas, pero éstas ahora nos desconocen...

Cuando volvemos, cuando creemos que volvemos, cuando equivocadamente creemos que volvemos, el plato se habrá enfriado, el espejo estará roto, el espacio habrá sido ocupado. Volvemos, temblorosamente, a un lugar, pero quisiéramos volver a un tiempo. De allí la imposibilidad: en el karma jamás resuelto del discurrir hacia adelante.

(*) Este texto se publicó originalmente en Espacio Murena (www.espaciomurena.com/)

El héroe lo es en tanto cumple una misión, en muchos casos, inmolándose; está destinado a morir y/o a sufrir horriblemente porque la naturaleza de su misión conlleva, inherente, la destrucción de cimientos muy arraigados.

Quizás funciona entre el héroe y el vulgo un halo de fascinación en expectativa creciente, sin mayores explicaciones que el embrujo en que nos sume una presencia o el dolor que experimentamos ante una ausencia. La brevedad contribuye a la ampliación de la figura.

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