En tiempos de una digitalización predominante, hay hábitos que no deben perderse a fin de resguardar ciertos rasgos de humanidad. Entre ellos está la relación que entablamos con un libro, pero todavía más específicamente, cuando la lectura sucede en esos momentos menos pensados o en aquellas circunstancias de espera en un aeropuerto, en la parada de un colectivo o en un café. Son los vacíos, los tiempos huecos, como alguna vez contó Julio Cortázar "que uno no ha buscado por sí mismo, sino que los horarios de la vida, digamos, te condenan de golpe a media hora de espera". Tener un libro en esa situación, para Cortázar, "por un lado anula el tiempo del reloj y, por otro, te crea una sensación de plenitud".


































