I
Una tarde de octubre, un joven estudiante descubre Santa Fe con ojos asombrados, marcando el inicio de su vínculo con la ciudad, sus historias y sus costumbres.

I
Nunca supe por qué motivos inescrutables papá decidió que iniciara mi estadía como estudiante en la ciudad de Santa Fe alojándome en "La Taberna de Juanito", así se llamaba. La taberna de don Juanito Marimá sobre calle San Martín, en la esquina, creo que de calle Corrientes.
Y si no puedo precisar con exactitud la calle, es porque el edificio no existe, se lo llevó el progreso o las hormigas, pero lo cierto es que se lo llevaron. No era un hotel, no era una pensión, era una taberna. Un amigo me recuerda el fragmento del poema que estaba escrito en una de sus paredes: "Si es no invención moderna/ vive Dios que no lo sé/ pero delicada fue/ la invención de la taberna".
Mostrador y mesas en la planta baja; botellas de vino, de ginebra y vaya uno a saber de qué otros elixires. Olor a café y tostadas a la mañana; olor a comida casera a mediodía: tallarines, estofado, carne asada. Escaleras de madera con escalones que crujían como los de algún castillo de Transilvania .
Aire y tono de edificio viejo y venerable. Mi cuarto era amplio, con lugar para una mesa y un par de sillas, además de un ropero y un baño con bañadera. Ventanas de doble hoja que daban a la calle y más allá, a veces confundida con la bruma, las arboledas de Parque Sur.
II
De "La Taberna", los tonos que registro son los de la penumbra: día y noche, todo parecía transcurrir a media luz. Dos meses, tres a lo sumo, me alojé allí. Y lo menciono porque a la ciudad la descubrí con mis ojos de estudiante desde ese lugar, en un tiempo en que no conocía a nadie y nadie me conocía a mí.
Hay una tarde de octubre que tengo presente; se trata de una tarde que me atrevo a calificar de iniciática, una tarde que me acompañará como recuerdo hasta el fin de los tiempos. Salgo de La Taberna recién bañado y de riguroso traje y corbata como corresponde a un estudiante de Derecho en aquellos años. Deben ser las seis de la tarde, seis y media cuanto mucho. Tarde hospitalaria, mansa, apacible.
Decido caminar por calle San Martín hasta bulevar y desde allí a la facultad. Tengo diecisiete, dieciocho años, pueblerinos. Creo que no era tonto -por lo menos no en exceso- pero la ciudad, y en particular calle San Martín, me desbordaban. Ni miedo ni timidez, sino asombro y extrañamiento.
III
Esa caminata de una tarde de octubre la tengo presente porque creo que nunca más observé a la ciudad con ojos tan curiosos, nunca más mi mirada fue tan pura, tan ingenua, tan encantada. Todo era nuevo, todo era notable, todo era novedoso. En un kiosco compré cigarrilĺos; en esa misma esquina un muchacho me lustró los zapatos.
Pasé frente al Jockey Club y el Club del Orden y supuse que los hombres mayores que estaban parados en la puerta o las personas que podía distinguir desde la calle y que conversaban sentados en mullidos sillones, pertenecían por definición al patriciado local. Crucé la calle y recuerdo un bar y una mesa con un hombre solitario tomando un café.
El bar se llamaba "Los Dos Chinos". Yo aún no sabía su nombre y que alguna vez Pampanana sería el dueño, el mismo estudiante con el que unos meses más tarde nos liaríamos en una mesa de póker. Al Teatro Municipal lo tenía presente porque alguna vez había asistido con mis padres a un concierto, pero todas esas mujeres y hombres que pasaban a mi alrededor me resultaban absolutamente desconocidos.
IV
Un detalle de aquellos tiempos: todos los muchachos -o casi todos- peinados a la gomina. La moda italiana de mocasines sin medias; pantalones de botamangas anchas. Todos, hombres y mujeres, mayores que yo. En la esquina de San Martín y Mendoza me encontré de pura casualidad con un amigo de mi pueblo que desde hacía unos cuantos años estudiaba en Santa Fe.
Conversamos de trivialidades y nos separamos con la promesa de vernos más tarde en el Comedor Universitario. Eran los años en que, según mi leal saber y entender, la cita social se formalizaba en el Baviera de Mendoza y 25 de Mayo. O en el Doria: el Doria de la esquina de calle San Martín, o el Doria de la galería.
Otro lugar distinguido para mis modestísimos conocimientos ciudadanos de entonces era la confitería Meli-Par con sus enormes ventanales sobre calle San Martín. La Meli-Par estaba en el primer piso de la Galería Garay, una de las primeras galerías de la ciudad. Lo que cuento ocurrió hace más de medio siglo. Según se mire parece una eternidad o parece ayer.
Sabemos que los recuerdos mantienen con el tiempo su propia cronología. Después, por calle San Martín caminé de día y de noche; de tarde o de madrugada; solo o acompañado; con frío o con calor; con sol o con lluvia; ebrio o abstemio; por lo general en son de paz, pero algunas veces sumado a manifestaciones estudiantiles contra las dictaduras de turno.
V
Lo que digo es que la calle San Martín me la sé de memoria. Conozco cada uno de sus recovecos: los que estaban y los que están. La conozco cuando era calle angosta y ahora que es peatonal. Cambió mucho, por supuesto, pero en lo que importa sigue siendo la misma. "Un cambio en la permanencia".
De esta calle santafesina guardo recuerdos, historias de amigos que fueron y que serán; de mujeres que me quisieron y sabiamente dejaron de quererme.
Sin embargo, a la hora de pasar en limpio, a la hora de expresar en palabras aquello que importa, aquello que de alguna manera me constituye, el único recuerdo que importa, la única caminata que vale, es la de aquella tarde de primavera de 1967, cuando yo era muy joven y caminaba por la principal calle de la ciudad como si fuera el hombre invisible.
Historias que se cuentan de la ciudad. Historias que se confunden con leyendas. Algo de verdad y algo de mentira. Así se fundan, para bien o para mal, los mitos. "Entre la historia y la leyenda, elegimos la leyenda", dijo un personaje de una película de John Ford. La leyenda no es sinónimo de mito, pero a veces puede parecerse.
VI
Edgardo y Jorge me aseguraban que alguna vez el dramaturgo Eugene O'Neill anduvo por Santa Fe. Que llegó con una cuadrilla de obreros ferroviarios y que durmió "bajo la sombra" del Puente Negro. Si fue cierto, es para maravillarse.
El autor de "Extraño interludio" o "Largo viaje hacia la noche", el padre de la mujer que se casó con Carlitos Chaplin, el abuelo de la divina Geraldine,... durmiendo en Santa Fe a la intemperie.
Otro amigo ingeniero, afirmaba que Luis Carlos Prestes, el mítico dirigente comunista brasileño, el celebrado "Caballero de la esperanza", estuvo una temporada en la ciudad trabajando de albañil en la construcción de la costanera. Se dice que Eduardo Arolas escribió el tango "Derecho Viejo" en homenaje a la muchachada del Centro de Estudiantes de Derecho de nuestra facultad.
Y lo escribió porque hacía una ponchada de años había andado por estos pagos, con el bandoneón y su bohemia. Una crónica sostiene que Roberto Arlt pasó por Santa Fe rumbo a Entre Ríos. Me hubiera gustado compartir un vino con él; o, aunque más no sea, charlar de lo que se le ocurriera con un cigarrillo de por medio, esos fasos negros y sin filtro que a él le gustaban.
Alguien me aseguró que Federico García Lorca visitó Santa Fe y pasó una noche en la ciudad. Lo dudo, pero si fue así, debe de haber sido a fines de 1933 o a principios de 1934. Ojalá fuera cierto. El autor de "Romancero Gitano" caminando, por ejemplo, por Parque Sur, sin espanto y sin miedo.




