Hay una escena que se repite, con variaciones, desde hace más de treinta años: un estudiante levanta la vista de un texto, a veces un cuento ajeno, a veces un poema propio, inexperto y sincero, y me mira como quien acaba de descubrir que las palabras no solo sirven para pedir permiso para entrar en nuestras vidas o rendir un examen, sino también para doler, para sanar, para cambiar de lugar a quien las escribe o las lee.































