Un perro emblemático de la vida universitaria santafesina, Federico, simboliza la lealtad y la camaradería, dejando huellas imborrables en quienes lo conocieron.

Deben ser las once de la mañana. Mes de junio o julio. El centro de la ciudad en un día de semana. Colectivos y autos amontonados en la calle, apretujados sobre los semáforos; zorros grises acechando a los autos estacionados; el humo de los caños de escape; trapitos merodeando una propina; bocinazos, gritos, algún insulto; motos y bicicletas tratando de circular por la calle.
Rostros agobiados por la jornada de trabajo; gente caminando apurada no se sabe bien hacia dónde; gente esperando a los colectivos en las esquinas; la habitual cantinela de los vendedores ambulantes, todo ello bajo un cielo indiferente y mustio. Insisto: a cierta altura de la vida uno no camina por la ciudad, camina alrededor de los recuerdos de la ciudad en la que vivió toda la vida.
Cuando se tiene una cantidad respetable de años, no es uno el que rastrea los recuerdos por la ciudad, sino que los recuerdos lo rastrean a uno.
¿Nosotros construimos los mitos o los mitos nos construyen a nosotros? La respuesta parece sencilla, pero aseguro que no lo es. Una esquina y un amigo que no está; la mesa de un bar y un café un sábado a la tarde; el banco de una plaza que alguna vez compartí con una mujer de la que hace rato le perdí el rastro...
Un caserón abandonado en el que dormía una ciruja que me contaba historias de una ciudad perdida en la neblina de los años; contemplar desde la ventana de casa el charco oscilante de luz que deja el semáforo sobre el asfalto; caminar por una calle y sentir de pronto que por ese mismo sendero hubo otra caminata.
Una casa cerca de Parque Sur, cuarto con ventanas al parque y en una de las paredes de ese cuarto, cerca de la cabecera de la cama, una foto de César Vallejo.
A la ciudad la imaginé, la viví y la soñé. Pueden creerme o no, pero yo sé que es así.
Yo compartí en un bar de avenida Freyre un café con Jean-Paul Sartre; yo, una noche de garúa, lo ayudé a Jorge Luis Borges a cruzar calle Francia: yo seduje a Oriana Fallaci a la salida de un teatro que entonces funcionaba en calle Obispo Gelabert, sabiendo que por ese amorío Simone de Beauvoir se pondría furiosa de celos...
Yo lo escuché a Charlie Parker tocar el saxo en una casona de barrio Guadalupe; yo caminé con Julio Cortázar una noche de invierno por calle San Martín, y a la altura de la Galería Colonial me dijo que si entrábamos allí no saldríamos a San Jerónimo sino a París...
Yo juro y rejuro que en una asamblea universitaria celebrada en el Paraninfo de la universidad un Carlos Marx joven estaba discretamente cerca de la puerta tomando apuntes; yo me emborraché una madrugada con Juan Carlos Onetti en el bodegón roñoso del Mercado de avenida Freyre...
Yo compartí un vino en el bar que estaba en la esquina de Mariano Comas y Pedro Vittori, con Philipe Marlowe que me repetía, una y otra vez, que no debía confiar demasiado en los amigos que se emborrachan y se casan con mujeres hijas de millonarios.
Un perro no puede faltar en mi ciudad, porque ya se sabe que siempre es aconsejable disponer de un perro que te ladre. El perro que ahora presento no era mío porque era de todos, de todos los estudiantes de entonces. No era fino, no era de raza, pero era nuestro. Se llamaba Federico, pero para algunos ese nombre no era el verdadero.
Federico era rubio, ojos oscuros y caminaba como si estuviera cansado. No manifestaba afectos, parecía indiferente, pero quienes lo conocimos sabíamos que era un amigo leal, uno de esos amigos que te bancan en las buenas y en las malas, sin palabras innecesarias pero haciéndote saber que está con vos. Con su lenguaje era muy comedido, muy discreto, pero sabía escuchar como nadie.
Y estaba atento, muy atento, a todo lo que ocurría a su alrededor. Me consta que nunca se propuso ser popular, pero lo era. Y mucho. En los años que compartió con nosotros era conocido por "todo el mundo", es decir, por todos los que entonces frecuentábamos la facultad, el comedor universitario, el Cine Club y la zona de lo que se conoce, con justicia o no, como la Recoleta santafesina.
Por supuesto, era habitué de todos los bares de la zona y los mozos lo atendían con mucho afecto y sabían de memoria sus gustos culinarios. Los muchachos lo querían y las chicas también lo querían. Nunca supimos bien dónde vivía, dónde dormía, dónde "tenía sus cosas". Esas supuestas carencias lo predisponían a aceptar invitaciones para pasar la noche.
Federico se acomodaba rápido y nadie como él para ocupar su lugar como si ese lugar le hubiera correspondido desde su nacimiento o desde antes incluso. Importa decir que siempre fue un señorito. Sus modales, su esmerada dignidad. Federico fue un perro de linaje universitario. En ese tema sus costumbres eran estrictas.
La galería de la facultad de Derecho en Cándido Pujato; la puerta de Ingeniería Química de calle Santiago del Estero; la explanada de la Universidad, incluido el Paraninfo que más de una vez lo contó entre uno de sus selectos invitados. Algunas veces se tomaba la licencia de entrar a las aulas. Yo lo he visto en la Vélez Sarsfield y en el aula Alberdi. O en el Octógono de Ingeniería Química.
Entraba con respeto y, al mismo tiempo, con el desparpajo de cualquier estudiante, y se acomodaba en el lugar que le correspondía. Ustedes dirán que exagero, pero les aseguro que escuchaba atentamente las explicaciones del profesor. Y cuando la clase se ponía aburrida, o cuando consideraba que el profesor no tenía el nivel que él exigía, se retiraba respetuosamente.
Nunca supe de sus ideas políticas, nunca supe si era de izquierda o de derecha. Por lo general no se perdía una asamblea universitaria.
Nunca se quejó, pero sospecho que la retórica de los oradores estudiantiles le parecía algo exagerada, innecesariamente teatral, opinión a tener en cuenta porque Federico, entre otras virtudes, era un militante leal y consecuente del teatro independiente como lo probaba asistiendo a todas las funciones.
Los martes a la noche no faltaba a las sesiones de Cine Club. Discreto como era, nunca se conocieron sus preferencias cinéfilas, pero presumo que le gustaban los westerns de John Ford y las comedias del neorrealismo italiano. Creo que Andréi Tarkovski lo aburría, pero no estoy en condiciones de asegurar que sea tan así. Lo seguro es que no le interesaban los debates.
Cuando estos llegaban, se retiraba sin abrir la boca, pero como dando a entender que él iba al cine a ver cine y no a hablar de cine. A principios de los años noventa, es decir en plena democracia, a Federico lo metieron preso. La perrera del intendente Jorge Obeid lo enlazó en plena calle una tarde de triste memoria. La movilización reclamando por su libertad fue tumultuosa y combativa.
Las radios de entonces, LT10 y LT9, dedicaron sus programas mañaneros al comentario y la difusión de la infausta noticia. Señoras y señoritas de la Recoleta llamaban por teléfono a los medios de comunicación y a la intendencia y al Concejo Deliberante y a la Defensoría del Pueblo, quejándose de la perrera y del intendente que permitía esos atropellos.
Obeid estaba furioso. No con Federico, sino con la perrera. "Pedazos de mierdas, -dicen que le decía a los apabullados cazadores de perros- meses, años, haciendo buena letra con la clase media santafesina y ustedes arruinan el trabajo metiendo preso al perro más popular del centro".
Para colmo de males –y esto es rigurosamente cierto- un concejal de la UCR presentó un despacho (los archivos no me dejan mentir) preguntando por Federico y exigiendo su libertad. En la edición vespertina de ese luctuoso día salió una nota publicada en El Litoral con el siguiente título: "Libertad a Federico".
Por supuesto, al otro día Federico regresaba a sus paseos por las facultades, los bares de bulevar y a las sesiones de Cine Club. De pronto, desapareció. Averiguamos, preguntamos, pero nadie tenía noticias. No sabemos si está muerto o está vivo. Sospechamos que se retiró a cuarteles de invierno. Con discreción, con mesura, sin efusiones sentimentales.
Pasó por nuestras vidas y nos dejó de recuerdo su mirada atenta, el brillo de su hocico y el balanceo de su cola. Federico llegó a nosotros sin avisar y se fue sin avisar. Así son estos perros.




