Un relato de Kleist muestra cómo la música puede alterar destinos, cuando cuatro hermanos, tras un plan iconoclasta, sucumben al poder transformador del arte.
"Santa Cecilia o el poder de la música" (Die heilige Cäcilie oder die Gewalt der Musik, 1810), en la precisa traducción de Joan Parra, es uno de los relatos más breves y perturbadores de Heinrich von Kleist (1777-1811), cuya vida trashumante y frenética -marcada por desplazamientos constantes y una intensidad sin reposo- se interrumpió prematuramente (ver aparte).
La obra condensa en su brevedad una concepción extrema del arte como fuerza autónoma y desestabilizadora, ajena a la razón, a la moral y a toda explicación psicológica. El argumento se despliega con una economía rigurosa. En Aquisgrán, cuatro hermanos protestantes planean destruir un convento católico durante una misa.
El ataque nunca ocurre: al escuchar la música interpretada por el coro -una ejecución extraordinaria de una misa atribuida a Palestrina- quedan súbitamente transformados. Abandonan toda intención iconoclasta y, desde entonces, llevan una vida regida por el silencio, la repetición ritual y una devoción casi mecánica.
Años después, la madre intenta comprender lo sucedido y recurre a Roma. La respuesta papal no esclarece el misterio: la música no habría sido ejecutada por las monjas enfermas, sino por la propia Santa Cecilia. El milagro no revela un sentido; lo clausura.
La prosa de Kleist es decisiva para este efecto. Seca, objetiva, casi notarial, evita la introspección y toda explicación psicológica. El relato avanza como un registro de hechos exteriores. La música no persuade ni eleva: irrumpe y suspende la voluntad. No hay conversión consciente, sino sometimiento.
En este punto, Kleist puede leerse como un precursor de Franz Kafka: ambos construyen fábulas en las que un acontecimiento inexplicable se impone como ley sin revelar su fundamento. No hay símbolo a descifrar; hay un hecho absoluto que resiste toda interpretación. La autoridad no explica: certifica.
Dentro de la obra de Kleist, el relato dialoga con una obsesión central: la fragilidad de todo orden racional frente a fuerzas que lo exceden (Michael Kohlhaas, "El terremoto en Chile"). La singularidad de Santa Cecilia reside en que esa fuerza no es la ley ni la naturaleza, sino el arte mismo. Su brevedad no es un rasgo accesorio, sino su núcleo.
Kleist reduce el relato a lo indispensable para que funcione como un impacto súbito, casi musical. La experiencia estética aparece y se extingue, dejando tras de sí silencio y desconcierto. En esa condensación extrema reside su persistente inquietud.
+ INFO
"Santa Cecilia o el poder de la música", obra de Heinrich von Kleist publicada por Alpha Decay. España, 2009 (56 páginas).
¡Oh inmortalidad!
Tras constatar el fracaso de la que sería su última obra, "El príncipe de Homburg", Heinrich von Kleist se suicidó el 21 de noviembre de 1811 en la isla de Pfaueninsel, a orillas del lago de Wannsee, en las cercanías de Potsdam, a las afueras de Berlín. Lo acompañó en el suicidio su compañera y musa inspiradora Adolfine Vogel, a la que él llamaba Henriette Vogel.
Von Kleist disparó con una pistola en contra de Adolfine, que estaba enferma de un cáncer en fase avanzada, para después dirigir el arma contra sí mismo. Sobre su tumba, como epitafio, aparece inscrito un verso extraído de su obra El príncipe de Homburg: "Ahora, ¡oh inmortalidad!, eres toda mía".