A veces no es una gran tristeza. No es una catástrofe ni una pérdida inmensa. Es apenas un nudo en el pecho. Pero asfixia. Y uno no entiende por qué. Porque no hay un motivo claro, ni una herida reciente, ni una angustia que pueda nombrarse. Y sin embargo está ahí, como un puño en medio del alma, apretando lento.

































