Si acaso se sufre de las emociones y se quiere tomar cartas en el asunto, no es lo mismo buscar cómo gestionarlas, que preguntarse por su causa.
El debate sobre el origen del malestar psíquico plantea marcadas diferencias entre el alivio sintomático inmediato y la búsqueda de una causa singular.

Si acaso se sufre de las emociones y se quiere tomar cartas en el asunto, no es lo mismo buscar cómo gestionarlas, que preguntarse por su causa.
Por ejemplo, en cuanto a las irrupciones de la angustia, en un caso la terapia busca dotar a una persona de "habilidades de afrontamiento" mediante un conjunto de técnicas específicas (Terapia de Regulación Emocional). En el otro, se invita a producir un saber sobre la causa del malestar en la existencia (Psicoanálisis).
Lo esencial aquí no es introducir una valoración jerárquica entre ambas propuestas, sino precisar sus diferencias. Si coexisten y perduran en la oferta de la época, es porque producen efectos a la hora de tratar el malestar, aunque dichos efectos no son equiparables entre sí.
Disipar la emoción que irrumpe no es igual a efectuar una modificación en su origen mismo. En psicoanálisis, allí radica la diferencia entre "efecto terapéutico" y "efecto analítico", es decir, entre un alivio temporal y aquello que produce una transformación subjetiva profunda.
Según el significado que adquiera el malestar, cada persona elegirá su modo de tratamiento. Si la angustia se experimenta solo como una molestia, entonces es preciso eliminarla como un síntoma cualquiera que estorba en lo cotidiano. Si acaso no es posible, entonces la gestión emocional y la medicalización se imponen como tratamiento estándar.
En cambio, si se asume que la angustia comporta un mensaje sobre lo que ha dejado de funcionar en el modo de hacer con la existencia, entonces se abre la posibilidad de embarcarse en una investigación hecha de palabras.
Incluso una misma persona, según su coyuntura y el obstáculo con el cual se confronta, en un momento puede optar por la vía de los efectos terapéuticos y en otro perseguir efectos más bien analíticos.
Por supuesto, tanto el psicoanálisis como las terapias de gestión emocional, no nacieron con el mundo, sino en momentos precisos de la cultura occidental. El psicoanálisis emergió hace ciento treinta años -"lo viejo funciona Juan", decía un personaje de ficción-, en la época victoriana, donde reinaba una moral sexual fuertemente represiva.
La Terapia de Regulación Emocional, en cambio, surge a finales del siglo pasado como un retoño más de las teorías pragmáticas norteamericanas aplicadas al campo de la salud mental. Por su propia inercia y movimiento, el pragmatismo no quiere saber nada de complejidades y sutilezas, sino de resolver problemas, así sea reduciéndolos a los elementos mínimos del sentido común y no más.
No obstante, en tanto la subjetividad no es abordable científicamente -método privilegiado de validación del conocimiento en nuestro tiempo-, entonces hay que conformarse con la medición cuantitativa y observable de la conducta.
Ahora bien, una psicología que estudia la relación entre un estímulo (input) y su respuesta (output), renunciando al mismo tiempo a introducir conjeturas sobre lo que acontece en el psiquismo -allí donde un sujeto es sede de todo el asunto-, ¿es acaso una psicología?
Quizás el exilio voluntario de su propio campo sea el precio que se paga en la subordinación cientificista y el horror que suscita un objeto de estudio que escapa a las estadísticas y la cuantificación.
En el contexto de la gestión emocional, el procedimiento se orienta bajo la forma del protocolo: para todo sujeto que padece X, según la evidencia, se recomienda la técnica de afrontamiento Y. Aunque es posible que los fenómenos observables de la angustia sean similares en un sujeto u otro, aun así, la causa siempre es singular.
Por ello, en psicoanálisis la experiencia clínica no autoriza al psicoanalista, dado que aquello que un caso enseña, dice poco y nada de otro. Es el reverso simétrico de la estadística, o mejor dicho, su imposibilidad ética. En este contexto, siempre es un poco excesivo hablar de la angustia en singular.
¿Acaso es la misma angustia la que ocasiona una pérdida afectiva o una fobia infantil, un fenómeno de despersonalización o la consciencia de finitud, una sensación inefable en el cuerpo o cuando lo familiar se hace extraño, la irrupción de una voz alucinatoria o los miedos hipocondríacos, o también la pesadilla que conmueve al durmiente durante la noche?
Por supuesto que no, pero la clínica contemporánea ha perdido la paciencia que requiere tal distinción, en nombre de la eficacia, la eficiencia y un progreso supuesto. Prisa mediante, se aborda el síntoma desarticulado de su contexto subjetivo de emergencia. ¡Se trata de resolver, no de comprender! En consecuencia, tan práctico como barrer bajo la alfombra.
No es casualidad que los manuales de diagnóstico vigentes se desentiendan de las grandes estructuras clínicas, heredadas de la psiquiatría clásica, por ejemplo, neurosis y psicosis.
Si a ello se suma el olvido de la pregunta por la causa, entonces la angustia se unifica en una suerte de "monoangustia", según una definición mecanicista: "La angustia es una respuesta emocional de amenaza producida por la evaluación cognitiva de que una situación constituye un peligro significativo".
En un sistema capitalista, la lógica empresarial se desplaza hacia el territorio de las emociones y su regulación, entendida como el "proceso mediante el cual las personas influyen en qué emociones tienen, cuándo las tienen y cómo las experimentan y expresan".
La gestión de las emociones se presenta como un modelo de bienestar general para todo aquel que así se lo proponga. Provisto de la fuerza de la propia voluntad -¡la meritocracia no conoce de excusas!-, cada cual podrá gestionar sus emociones y, quién sabe, quizá alcanzar la condición de empleado del mes.
Sigmund Freud decía que algunas ideas pueden reprimirse, pero no el monto de afecto asociado a ellas. Desde esta perspectiva, las emociones simplemente se imponen. Si acaso se sufre de ellas, entonces se abre la posibilidad de analizar cuál es la idea enigmática que explica su proporción, aquella que oficia de causa en un caso y no en otro.
El autor es psicoanalista, docente y escritor.





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