El psicoanálisis se propone como una práctica disruptiva respecto de las formas tradicionales del pensamiento. Por ejemplo, Sigmund Freud destacaba la "asociación libre" como un instrumento fundamental de la técnica analítica.
El psicoanálisis, con su enfoque en la asociación libre, desafía las terapias modernas al centrar el diálogo en el inconsciente y no en la racionalidad evidente, revelando lo oculto del ser humano.

El psicoanálisis se propone como una práctica disruptiva respecto de las formas tradicionales del pensamiento. Por ejemplo, Sigmund Freud destacaba la "asociación libre" como un instrumento fundamental de la técnica analítica.
Si acaso el tratamiento progresaba lo suficiente, en un momento preciso Freud comunicaba a sus pacientes la llamada regla fundamental: "Que refiera todo cuanto se le ocurra, sin crítica ni selección previa".
Invitaba a tomar la palabra sin introducir un juicio de valor o autocensura, sin importar que lo dicho parezca tonto, sin sentido o vergonzoso. En esencia, se trata de hablar sin pensar, lo cual es más difícil de lo que parece.
Incluso es exactamente lo contrario de las psicoterapias contemporáneas, donde un exceso de racionalismo espera demasiado de las explicaciones y la transmisión de "información clara" como condición indispensable para la correcta autogestión de las emociones.
Así, en sus aplicaciones diversas, la psicoeducación busca disuadir al fumador crónico con imágenes de enfermedades causadas por el cigarrillo en sus envoltorios. Más allá de los posibles aportes de esta estrategia poco metafórica, si la psicoeducación no escapa al fracaso en uno y otro caso, es porque las decisiones subjetivas no se resuelven enteramente en la comprensión y la voluntad consciente.
Se puede estar bien informado respecto de las siete mil sustancias químicas que contiene un cigarrillo, setenta de ellas catalogadas como cancerígenas, pero aun así. La condición humana es un poco escurridiza respecto de las buenas intenciones y los finales felices.
En aquella invitación a la "asociación libre" existe un truco latente. Antes que una ausencia de método, la asociación libre es una forma de aplicación de un método. Para comprenderlo, es necesario tomar en cuenta la distinción fundamental entre pensamiento consciente e inconsciente, entre el yo y el sujeto.
Aunque en el habla corriente se utilicen como sinónimos, es posible diferenciarlos. El yo se asimila a la consciencia y el sujeto, en cambio, comprende una función más abarcativa que incluye también lo inconsciente.
El pensamiento inconsciente exterioriza efectos que se abren paso hacia la consciencia, incluso cuando tomamos la palabra. El punto es que uno mismo no se escucha del todo, por ello es necesario que las palabras se dirijan hacia esa terceridad que encarna el analista y desde allí retornen.
Es un movimiento que permite escuchar eso que insiste en el discurso sin ser advertido. Por ejemplo, en ocasiones un paciente refiere que hablará de una serie de temas inconexos y, sin embargo, al final de la sesión se descubre un denominador común que los unifica. Ni más ni menos que aquello en lo que cada uno está enredado.
A nivel del yo alguien puede decir que desea concretar tal proyecto, pero quizá a nivel del sujeto las cosas se articulan de otro modo, y en consecuencia irrumpen síntomas (angustia, inhibiciones, fobias, somatizaciones, entre tantos otros). Si acaso interpelan lo suficiente, hacen posible el comienzo de un tratamiento.
Las sesiones psicoanalíticas comienzan cediendo la palabra a quien consulta, sin direccionar la conversación. Y entonces, desde una aparente deriva discursiva, algo se repite, algo se escucha diferente. Sea una dificultad en el lazo o en las elecciones de vida; sea el retorno de lo traumático que busca ser elaborado o también los límites que impone el cuerpo a cada quien.
Lo cierto es que la angustia no irrumpe en cualquier momento, tampoco nos enojamos ante cualquier hecho o quedamos sin respuesta ante cualquier situación.
El aporte de Freud fue mostrar que los síntomas psíquicos responden a una lógica y poseen una causa cuyo sentido es posible reconstruir. Por supuesto, para que tal indagación sea posible, es preciso que un sujeto se implique en la pregunta por la causa de su propio malestar.
Aquí la elección de las palabras no es indiferente. Si llamamos ansiedad a nuestro malestar, entonces no hay mucho que preguntarse, en tanto los manuales de psicopatología la definen como un trastorno como cualquier otro. En pocas palabras, algo que se padece y que es necesario erradicar sin más para restituir el equilibrio emocional y volver a la vida productiva.
Allí la pregunta sobre la causa tiende a desaparecer, incluyendo factores orgánicos y también inespecíficos, tal como el estrés psicosocial. Por delante, pastillas y estrategias de afrontamiento.
A diferencia del efecto de clausura que conlleva el término ansiedad, en oposición, la angustia como modo de nombrar el malestar, invita a un efecto de apertura. En psicoanálisis se dice que la angustia funciona como un despertador, por la sencilla razón de que no engaña. Si está allí, es porque su causa está a la espera de palabras.
Se dirá que hay angustias que no son tan enigmáticas, que incluso pueden reconducirse a sucesos biográficos específicos, en tanto los sinsabores de la vida están allí para todos, tarde o temprano. No obstante, dichos acontecimientos se sufren en mayor proporción cuando conectan con las marcas de la historia personal.
Precisamente, la asociación libre es una forma de encontrar, en la singularidad de un caso, el porqué de aquella proporción.
Existe un antiguo refrán que dice: "Todos los caminos conducen a Roma". Desde un punto de vista fáctico, es cierto que las vías de comunicación suelen confluir hacia los grandes centros urbanos. Así, más allá del camino que se escoja, tarde o temprano se llegará a destino. La asociación libre funciona del mismo modo.
El pensamiento también se orienta en una dirección, solo que el centro ideativo hacia el cual tiende, no es evidente desde el comienzo. Por eso se dice que la asociación libre, finalmente no es tan libre si se tiene oídos para oír. Ese es el truco.
A diferencia de la obsesión de nuestra época por la eficiencia y la eficacia, hay problemas que, por su complejidad y consecuencias, requieren de otra temporalidad. Se trata de un rodeo cuyo tiempo no puede anticiparse, ni más ni menos que el necesario, por mucho que moleste a quienes buscan hacer de la subjetividad una variable medible y cuantificable en modelos estadísticos.
El autor es psicoanalista, docente y escritor.





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