Bailo. O quizá apenas me muevo. Las teclas, gastadas, devuelven un quejido en lugar de una nota. No hay concierto. No hay público. No hay partitura. Solo este cuerpo que insiste, como si el movimiento pudiera arrancarle vida a lo que ya parece muerto. Cada tecla responde desde la herida. No es un sonido: es una grieta que habla.


































