La primera vez que fui, no sabía si tenía más miedo que hambre, o más vergüenza que frío. Había escuchado que en la esquina de la ferretería, justo donde la calle pierde el asfalto y empieza la tierra, alguien servía guiso. No sabía quién. No sabía cómo era eso de ir a pedir. En casa, pedir era casi peor que pasar hambre. Pero aquella noche, la panza ya no gruñía: gritaba. Y yo... yo no podía más.
































