En los últimos años, la salud mental dejó de ser un tema periférico para ocupar un lugar central en la conversación pública. La pandemia, el deterioro económico y los cambios sociales aceleraron una demanda que los sistemas de salud ya venían absorbiendo con dificultad. Sin embargo, cuando se observa cómo los Estados asignan sus recursos, aparece una pregunta incómoda: ¿la prioridad discursiva se refleja realmente en los presupuestos?


































