Muchas personas conviven durante años con inflamaciones persistentes, anemias, infertilidad o trastornos óseos sin imaginar que detrás de esos cuadros puede haber una enfermedad celíaca. No presentan diarreas, dolor abdominal severo ni los síntomas “tradicionales” asociados históricamente a la patología. Pero la inflamación y el daño continúa.




































