Sentirse mareado mientras se entrena en el gimnasio es más común de lo que muchos suponen, pero no debería considerarse normal ni pasarse por alto.
Especialistas explican qué ocurre en el cuerpo cuando aparecen mareos o visión borrosa durante el entrenamiento y dan recomendaciones para reducir el riesgo. El síntoma puede indicar desde baja presión arterial hasta falta de hidratación o energía.

Sentirse mareado mientras se entrena en el gimnasio es más común de lo que muchos suponen, pero no debería considerarse normal ni pasarse por alto.
Según especialistas en cardiología del deporte, este síntoma —que puede incluir visión borrosa o sensación de inestabilidad— es una señal de que el cuerpo está experimentando cambios que merecen atención.
Ignorar estos avisos puede aumentar el riesgo de desmayos o lesiones, especialmente cuando se realizan ejercicios exigentes o hay condiciones fisiológicas de base.
El doctor Juan Carlos Gudiño, cardiólogo clínico y del deporte que integró el cuerpo médico del FC Barcelona y dirige un centro de rehabilitación cardíaca, explicó que durante el ejercicio físico el organismo activa una serie de respuestas para abastecer de sangre y oxígeno a los músculos que trabajan.
“Los vasos sanguíneos se dilatan para facilitar el flujo hacia las zonas activas”, detalló Gudiño. Sin embargo, en movimientos que implican cambios bruscos de postura —como al levantarse rápido tras una sentadilla o al estirarse al terminar una serie—, la sangre puede acumularse momentáneamente en las extremidades inferiores.
Cuando el cuerpo incorporarse de forma súbita, esa sangre tarda en volver al corazón y al cerebro, lo que puede provocar una baja transitoria de la presión arterial y, como consecuencia, mareos o visión borrosa.
Este mecanismo está relacionado con lo que se conoce como hipotensión post-ejercicio o respuesta vasovagal, y su impacto puede intensificarse en personas que entran al gimnasio sin la alimentación, hidratación o descanso adecuados.
Factores como estar deshidratado, entrenar en ayunas o sin energía suficiente pueden agravar la situación, porque el volumen de sangre disponible para irrigar el cerebro y los músculos se reduce.
Especialistas en medicina deportiva también señalan que bajar la presión arterial de forma abrupta puede ocurrir si se hacen cambios rápidos de posición sin dar tiempo al organismo para adaptarse, lo que ocurre no solo en sentadillas, sino también en ejercicios que involucran inclinar el torso o levantar pesos desde una posición reclinada.
Aunque un episodio aislado de mareo puede estar asociado a causas relativamente benignas, como leve deshidratación o baja de azúcar en sangre, los expertos recomiendan no desestimar el síntoma si se repite con frecuencia o viene acompañado de otros signos.
Entre los síntomas que justifican una consulta médica están:
Mareos frecuentes incluso con descanso o hidratación adecuada.
Visión borrosa persistente durante o después del entrenamiento.
Desmayos o sensación de casi desmayarse.
Dificultad para respirar, dolor en el pecho o palpitaciones.
Náuseas acompañadas de cefalea o confusión.
Estos signos pueden indicar problemas cardiovasculares, alteraciones en la presión arterial o desbalances metabólicos que requieren evaluación profesional. Debido a la complejidad del sistema cardiovascular y de la regulación de la presión arterial, un médico puede realizar estudios adicionales para descartar condiciones subyacentes.
Los especialistas recomiendan una serie de medidas prácticas para reducir el riesgo de marearse al entrenar:
1. Hidratación constante: Beber agua antes, durante y después del ejercicio ayuda a mantener el volumen sanguíneo y facilita el transporte de oxígeno al cerebro y músculos. La deshidratación, incluso en niveles leves, puede disminuir el flujo sanguíneo al cerebro y desencadenar mareos.
2. Alimentación adecuada: Entrenar en ayunas o con niveles bajos de glucosa puede provocar sensación de debilidad. Consumir un snack liviano con carbohidratos y proteínas antes de la sesión —por ejemplo, una fruta con yogur o un sándwich pequeño— aporta energía y ayuda a mantener estables los niveles de azúcar en sangre.
3. Evitar cambios bruscos de postura: Incorporarse lentamente tras ejercicios intensos o al terminar una serie permite que el sistema cardiovascular se adapte gradualmente, evitando caídas súbitas de presión.
4. Respiración controlada: Mantener una respiración constante y evitar contener la respiración durante los movimientos reduce la presión intratorácica y evita fluctuaciones bruscas de la presión arterial.
5. Progresión gradual: Aumentar la intensidad y las cargas de entrenamiento de forma progresiva da tiempo al cuerpo para adaptarse a la demanda física. Elevar abruptamente la exigencia puede sobrecargar el sistema cardiovascular y desencadenar síntomas adversos.
6. Escuchar al cuerpo: Si aparece mareo, visión borrosa o malestar, lo indicado es detener el ejercicio, sentarse o acostarse brevemente y elevar las piernas para favorecer el retorno venoso.
La combinación de una rutina bien planificada, atención a las señales del cuerpo y seguimiento de las recomendaciones de los profesionales de la salud y la actividad física puede hacer que la práctica regular de ejercicio sea no solo beneficiosa, sino también segura.
Entrenar con prudencia y buscar orientación médica ante síntomas persistentes es fundamental para aprovechar al máximo los beneficios del ejercicio sin poner en riesgo la salud.




