Hoy casi todo parece ser un trauma.
Las personas estamos expuestas permanentemente a pérdidas, cambios, frustraciones y situaciones adversas.

Hoy casi todo parece ser un trauma.
Una relación que terminó mal, una discusión familiar, una experiencia laboral difícil, una decepción, una infancia compleja. La palabra empezó a usarse tanto que, muchas veces, terminó funcionando como sinónimo de cualquier situación que nos haya dolido.
Pero no todo lo que duele es un trauma.
Y hacer esta diferencia no significa minimizar el sufrimiento. Significa entenderlo mejor.
Las personas estamos expuestas permanentemente a pérdidas, cambios, frustraciones y situaciones adversas. Algunas nos angustian, otras nos desorganizan durante un tiempo y otras nos obligan a modificar conductas o formas de pensar. El cerebro responde a estas experiencias: puede aumentar el estado de alerta, alterar el sueño, volvernos más irritables, generar preocupación o hacer que recordemos reiteradamente lo ocurrido.
Eso, por sí solo, no constituye una enfermedad.
El cerebro humano también está preparado para adaptarse.
Desde la psiquiatría, hablar de un trastorno relacionado con un trauma requiere mucho más que haber atravesado un momento difícil. Importan las características del acontecimiento, los síntomas posteriores, su intensidad, cuánto tiempo se mantienen y, sobre todo, cuánto interfieren en la vida de esa persona.
En un trastorno por estrés postraumático pueden aparecer recuerdos intrusivos, pesadillas, evitación, hipervigilancia, cambios emocionales persistentes y dificultades para volver a funcionar como antes. No se diagnostica porque alguien diga "esto me traumó". Requiere una evaluación clínica y criterios definidos.
Además, un mismo acontecimiento no produce el mismo efecto en todas las personas.
Dos personas pueden vivir una experiencia similar y responder de manera completamente diferente. Influyen la historia personal, los recursos psíquicos, experiencias anteriores, la red de apoyo y también la capacidad de adaptación.
Esto es especialmente importante en una época en la que existe una tendencia creciente a ponerle un diagnóstico a cada malestar.
No toda tristeza es depresión.
No toda ansiedad es un trastorno de ansiedad.
No toda experiencia dolorosa es traumática.
Y no toda emoción difícil necesita medicación.
Hay personas que necesitarán psicoterapia. Otras podrán requerir tratamiento psiquiátrico y, en determinados casos, medicación. Y muchas podrán atravesar una experiencia adversa con tiempo, acompañamiento y sus propios recursos.
Patologizar cada reacción humana también tiene un costo: podemos terminar convencidos de que cualquier dolor nos rompe y que para atravesarlo siempre necesitamos una intervención profesional.
Y no es así.
Hay experiencias que dejan marcas. Hay situaciones realmente traumáticas. Hay trastornos que deben ser diagnosticados y tratados.
Pero también existe algo profundamente humano y saludable: la capacidad de atravesar situaciones difíciles sin convertir necesariamente ese sufrimiento en una enfermedad.
Por eso, quizás hoy sea necesario volver a decir algo bastante simple:
No todo es trauma. Y no todo lo que nos duele nos enferma.
Para conocer más ingresa a Instagram: @veroprendes





Quini 6: estos son los números ganadores
Alerta por tormentas para el centro y sur de Santa Fe: los departamentos afectados
Murió un empresario tras volcar con su camioneta en la Ruta 65
Arqueólogos aseguran haber hallado los restos del arca de Noé en Turquía
Cayó una avioneta en la zona sur de Córdoba: hay cinco heridos, entre ellos dos menores